El código de Perelà

TÍTULO ORIGINALIl codice di Perelà

GÉNERO

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Gadir. Madrid (2005). 280 págs. 18 €. Traducción: César Palma.

Aldo Palazzeschi (1885-1974) está considerado uno de los grandes escritores italianos del siglo XX. Fue uno de los adalides del futurismo en Italia, aunque chocó desde el principio con la pretenciosidad revolucionaria del vanguardismo europeo merced a su peculiar poética del humor, su rechazo del retoricismo y la solemnidad. Un heterodoxo, afortunadamente. “El código de Perelà” es su mejor novela. Gadir la presenta por primera vez al público español, y resulta fácil vaticinar su éxito entre los amantes de los buenos libros.

“El código de Perelà” se publicó en 1911 con el subtítulo de novela futurista; a nuestro juicio, el mérito de esta obra radica en su equilibrio entre la renovación expresiva propia de las vanguardias, y la conservación de cierta racionalidad discursiva. Por dar referencias, el arte de Palazzeschi nos recuerda al Mihura de “Tres sombreros de copa” -ese absurdo matizado por el humor y el costumbrismo- y a las ficciones alegóricas de Calvino.

En efecto, la estructura de “El código de Perelà” transgrede las convenciones de causalidad narrativa: plantea una sucesión de escenas prácticamente teatrales y sostiene casi el texto entero basándose en diálogos corales, pero se preserva la verosimilitud si se acepta la premisa alegórica básica -el protagonista es un hombre de humo-, asistiendo a un ejercicio de crítica desternillante sobre arquetipos humanos bien reconocibles.

El argumento: Perelà, un hombre de humo, se gesta en la chimenea de una casa en la que tres ancianas charlan sin parar; cuando la charla cesa por el fallecimiento de las ancianas, el hombre de humo baja de la chimenea y se lanza al mundo con toda su inocencia, simbolizada en su esencia de ligereza; llega a la corte de una ciudad italiana, donde es aclamado como salvador por los representantes de todos los estratos sociales, y se le encarga la redacción del código que regirá la ciudad; pero la humana mezquindad acaba satanizándolo igual que antes lo había enaltecido. La clave mesiánica de la alegoría es evidente (Perelà tiene de hecho 33 años cuando afronta su “vida pública”), aunque Palazzeschi elude toda solemnidad: la presencia constante de una fresca ironía tanto antirromántica como antiburguesa sólo cede ante pasajes de auténtico -sencillo- lirismo.

Una prosa limpia hace avanzar la historia con amena linealidad, a golpes de humor, de reflexión y de poesía, reivindicando a la postre la ligereza como antídoto contra la pesadez de los vicios humanos. Palazzeschi comparte la opinión de William James: “Mucha gente cree estar pensando cuando en realidad no hace sino reordenar sus prejuicios”, y su Perelà, hecho de ligereza y de palabras, se erige en víctima propiciatoria. Claro que la ligereza a veces pudiera tenerse por irreverente, pero el autor no parece preconizar el relativismo posmoderno sino reivindicar con inteligencia y desenfado cierta autenticidad vital.

Jorge Bustos Táuler