El abuelo que saltó por la ventana y se largó

Salamandra.
Barcelona (2012).
413 págs.
19 €.
Traducción: Sofía Pascual Pape.

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El éxito de esta novela ha sido fulgurante en Suecia: casi dos millones de ejemplares vendidos, Libro del Año y Premio de los Libreros. Esto ha provocado su rápida traducción a 12 lenguas. ¿Es para tanto?

Tras la inundación de libros policiacos nórdicos, la crítica literaria ha encajado bien la publicación de un libro humorístico que, además, quiere ser una desenfadada radiografía del carácter de los suecos. Esa ha sido la intención de su autor, Jonas Jonasson (1962), periodista con una amplia trayectoria que hasta ahora no había publicado ninguna novela.

Su argumento es, desde el principio, ciertamente disparatado, y quizás aquí radique en parte su éxito, pues ya en las primeras páginas asistimos a una concatenación de divertidos sucesos que se salen de lo normal. Allan Karsson vive en una residencia de ancianos y el mismo día que cumple cien años decide, de pronto, escaparse. En una estación de autobuses engaña a un joven y le roba una maleta que más tarde descubrirá que contenía muchísimo dinero. A partir de ese momento, Allan y un grupo de personajes que se suman a su aventura se ven metidos en una rocambolesca historia de tintes policiacos y esperpénticos.

Como esta historia, en sí, tiene poca entidad y es evidente que la policía no los encontrará hasta que el autor se canse, introduce Jonasson en capítulos alternos la biografía del centenario Allan, más descabellada todavía que los sucesos que está viviendo en el presente. Aficionado desde joven a la dinamita, abandona Suecia para viajar a España a mediados de los años treinta; allí entra a formar parte primero del ejército republicano y después del ejército franquista. Conoce personalmente a Franco, quien le ayuda a abandonar España para regresar a su país. Pero tardará en regresar, pues Allan se irá convirtiendo sucesivamente en coprotagonista, junto con los grandes líderes mundiales (Stalin, Mao, Churchill…), de los principales sucesos del siglo XX.

La novela tiene un excelente arranque, con la huida de Allan y los sucesivos encuentros con los atípicos personajes con los que compartirá aventuras surrealistas. Pero poco dura el fuelle. Me han sorprendido los adjetivos encomiásticos que se han vertido sobre esta novela, pues a las pocas páginas el relato pierde gracia y quedan muy en evidencia las rudimentarias habilidades narrativas del autor, quien se empeña en reiterar pasaje tras pasaje los mismos golpes cómicos.

La crítica del autor a muchos ámbitos de la cultura, la religión y la política suecas no es nunca ácida; el retrato que hace de algunos vicios sociales y de carácter de los suecos puede ser amable. Pero resulta muy difícil mantener el interés cuando una novela se construye con unos ingredientes tan elementales y predecibles y cuando el sentido del humor, a menudo grueso, se basa siempre en los mismos recursos. A esto se suma que la novela, para lo que cuenta, es demasiado larga.

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