Dublineses

TÍTULO ORIGINALDubliners

GÉNERO

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Cátedra. Madrid (1993). 350 págs. 1.500 ptas.

El nombre de Joyce siempre va unido al de Ulises, su monumental obra que cambiaría el rumbo de la novela moderna. Esta identificación corre el peligro de simplificar la narrativa de Joyce, de convertirle en escritor de un solo libro. Los relatos que componen Dublineses demuestran que en Joyce hay una continua evolución y una insistencia en ciertos temas que reiterará más intensamente en su obra más conocida.

Las ideas literarias de Joyce, más los inquietantes aspectos de su carácter, aparecen reflejados en estos relatos que están interrelacionados. Dublineses lo terminó de escribir en 1905, a los 23 años, pero no se publicó hasta 1914. “Mi intención -dijo Joyce- era escribir un capítulo de la historia moral de mi país y escogí Dublín para escenificarla porque esa ciudad me parecía el centro de la parálisis. He intentado presentarla al público general bajo cuatro de sus aspectos: la infancia, la adolescencia, la madurez y la vida pública”.

Muchos de los relatos tienen una carga autobiográfica, y esto es lo que rebaja la intención de Joyce de ofrecerlos como radiografía moral y general de una época. Conociendo su talante arrogante para con el resto de los escritores contemporáneos y su odio hacia la tradición y cultura irlandesas, no es de extrañar que el Dublín de estos cuentos aparezca descolorido: es su sórdida visión, que no se olvide.

De entrada, Joyce desea alejarse de los propósitos realistas y naturalistas de los escritores de su generación. Joyce es -y este aspecto es el más interesante de destacar- más moderno, y adopta un punto de vista hierático y oblicuo para reflejar la realidad. Lo que interesa a Joyce, más que las aventuras románticas o los incidentes dramáticos, es hablar de la rutina diaria, de los mecanismos normales que mueven la conducta humana, sin retórica. Joyce huye, por lo tanto, de la caricatura, de la farsa, del sentimentalismo. Se muestra especialmente interesado por los aspectos triviales y desagradables de la vida cotidiana. Un crítico contemporáneo reseñó así el libro: “Busca la inspiración en el infierno de la desesperación”.

Sin embargo, la calidad literaria de estos relatos supera las intenciones del autor, y convierte sus cuentos en reflexiones universales, que trascienden el localismo superficial. Así, cuando Joyce habla de la religión, la historia, el sexo, las relaciones sociales… no sólo está hablando de Dublín sino que está ofreciendo una radiografía de su alma y de su vida.

Además de resaltar la nueva e inteligente traducción de Eduardo Chamorro, hay que felicitar a Fernando Galván, responsable de la edición, por la considerable ayuda que sus notas prestan al lector para desvelar los enigmas interpretativos de la obra.

Adolfo Torrecilla

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