Dispara, yo ya estoy muerto

Plaza & Janés.

Barcelona (2013).

912 págs.

22,90 € (papel) / 11,99 € (digital).

GÉNERO


Una versión de esta reseña se publicó en el servicio impreso 79/13

Confirma la periodista madrileña el giro que, en su cuarta novela, dio a su carrera de escritora de superventas. Desde Dime quien soy deja de confiarlo todo a la intriga y apuesta por la novela clásica costumbrista de personaje. Un tipo de narración más seria donde explora las relaciones humanas. En esta ocasión los protagonistas son varias generaciones de árabes y judíos que viven entre 1880 y 1948.

No es una novela de tesis sobre el conflicto en Oriente Medio, que no obra sino como telón de fondo y subraya la incapacidad del ser humano para evadirse de las coordenadas que le han tocado. El nacimiento del panarabismo, los asentamientos de judíos en la Palestina ocupada por los británicos, la formación de las milicias judías o la creación del Estado de Israel, son el engarce de una historia de amistad, convivencia y tolerancia, un relato sobre la posibilidad del entendimiento cuando se escucha y nos ponemos en el lugar del otro.

La novela es poliédrica, como el conflicto en que se ambienta, tanto en situaciones y escenarios (París, Madrid, Varsovia, Moscú, Jerusalén, etc.) como en personas (es significativo que requiera un elenco final de personajes e instituciones). Tiene un fuerte peso el papel social de la mujer, en un momento en que esas sociedades eran menos religiosas que ahora. Hay violencia puntual y detalles de tipo sexual, sin escabrosidades.

Navarro necesita espacio para sus narraciones, como ocurría en las largas novelas realistas del XIX de las que se confiesa deudora. La intensidad se resiente pero el placer se alarga si la historia es buena y la narración sencilla y ágil, como es el caso. Es bueno huir de encasillamientos, y más en cuestiones artísticas. Esta escritora ha evolucionado positivamente desde unos inicios algo blandengues.

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