Diez años de destierro

Lumen. Barcelona (2007). 352 págs. 19 €. Traducción: Laia Quílez y Julieta Yelin.

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Madame de Staël (1766-1817), hija del que fuera ministro de Finanzas de Luis XVI, Jacques Necker, se codeó desde muy joven con las personalidades más influyentes de su tiempo. Amante de Benjamin Constant -el autor de Adolfo fue otro ilustre desterrado-, fue enemiga declarada de Napoleón -por quien al principio sintió un “vivísimo entusiasmo” y a quien más tarde tachó de “esfinge” devoradora de Europa-.

Diez años de destierro no vio la luz hasta 1821, cuatro años después de su muerte. Fue preparada por su hijo Auguste, quien se encontró con una serie de piezas de carácter fragmentario y visiblemente inconcluso, que, en todo caso, no eclipsan las intenciones de su autora.

A lo largo de la primera parte (1797-1804), asistimos a la permanente denuncia de la “farsa” que protagonizó Napoleón, que solo sabía “gobernar a través del terror” y “la violencia nacida de la guerra”. Los ejemplos de la tiranía -como el asesinato del duque de Enghien- son incontables.

La autora de Alemania se revela como una observadora implacable, una ciudadana tenaz, una política habilidosa y, ante todo, una mujer muy valiente. Acostumbrados al insulto soez y a la crítica falta de argumentos de la clase política, resultan deliciosas las comparaciones que establece entre la sonrisa de Napoleón y un “resorte”, o entre su urgencia por firmar la paz y “el esmero de Polifemo cuando contaba los corderos antes de meterlos en su cueva”.

La segunda parte revisa el período comprendido entre 1810 y 1812. El salto temporal nos priva de conocer sus vivencias entre 1804 y 1810, un proyecto que acarició antes de morir pero que aplazó para dedicarse a otros menesteres. De este modo, los nombres de Goethe y Schiller, a quienes frecuentó en Alemania, se ausentan de estas páginas, pero no así el del escritor romántico W. A. Schlegel, que tanta influencia ejerció sobre su obra. Durante esa última etapa, los sinsabores del exilio la condujeron, entre otros países, a Rusia -”último refugio de los oprimidos”-, y Suecia; mientras que en Ginebra conoció a un militar veintidós años más joven que ella, John Rocca, con quien tuvo un hijo y se casó.

Los recuerdos de un personaje de la talla de madame de Staël son, a la fuerza, interesantes, tanto por lo que dicen como por lo que callan, por sus filias y sus fobias. Fue, en palabras de Stendhal -por cierto: un rendido admirador de Napoleón-, “el primer talento del siglo”. Ahora que en España celebramos el bicentenario de la Guerra de la Independencia, esta joya de la editorial Lumen describe la complejidad de esa Europa en la que nuestro país fue un mero peón en la partida de ajedrez que Napoleón jugaba contra el mundo.

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