Diario

Anagrama. Barcelona (2009). 312 págs 18 €. Traducción: Jaime Zulaika.

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Algunos de los mejores libros-testimonio sobre el Holocausto han sido escritos por mujeres. Del ya clásico Diario de Ana Frank a la sutil meditación de Marga Minco en La hierba amarga, al sobrecogedor diario de Etti Hillesum. El caso de Hillesum es especialmente interesante porque, siendo judía y muy posiblemente agnóstica, terminó sus días ofreciendo un estremecedor testimonio de caridad cristiana, de amor sin límites por los demás. “He desmenuzado mi cuerpo – escribe en una de sus cartas escrita en el campo de concentración de Westerbork – como si fuera pan, porque la gente tenía hambre y necesitaban comer.” En otra de sus cartas leemos emocionados el encuentro anónimo de Hillesum con santa Benedicta de la Cruz, cuando narra una noche en el campo de exterminio y ve a unas monjas carmelitas rezando el rosario bajo la nieve. Hoy sabemos que una de esas monjas era la santa polaca, Edith Stein.

Anagrama acaba de publicar el Diario de Hélène Berr (1921-1945), una joven judía francesa que murió en Bergen-Belsen unos pocos días antes de la liberación del campo por las fuerzas aliadas. En estos diarios, escritos en París entre abril de 1942 y marzo de 1944, Berr se muestra como una chica cultísima, feroz lectora de los clásicos ingleses, melómana, enamorada de un joven a quien van dedicados estos diarios y dotada de una sensibilidad extraordinaria. De hecho, sus diarios son un ejemplo de vida cotidiana inmersa en el horror de la II Guerra Mundial y del genocidio desatado por el nazismo en contra del pueblo judío.

Los acontecimientos que nos narra Berr son muy sencillos: una excursión al campo, el índice de sus lecturas, su amor por la música o por los niños que cuida, ciertas ensoñaciones adolescentes sobre el amor; al tiempo que, como una sombra, pende la angustia de la deportación, de la muerte o del asesinato, de las leyes antisemitas que se dictan contra los judíos que va sumiendo a la autora en la conciencia del horror. Ya hacia el final, vemos cómo la preocupación de Hélène Berr se acrecienta hasta el punto de desear morir, porque de este modo quedará a salvo de las garras de los nazis y leemos: “Nunca se borrará este sentimiento de poca cosa que es la vida, o por lo menos del mal que existe en el ser humano, de la fuerza enorme que puede adquirir el principio malo en cuanto se despierta.”

La nobleza, la elegancia y el pudor al tratar la vida cotidiana, así como una lucidez que nunca se rinde de un modo definitivo al mal, son las principales virtudes de un libro que, como escribe el novelista francés Patrick Modiano en el prólogo, está llamado a “acompañarnos toda la vida”.

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