En la obra que cierra una extensa y a veces triunfal trayectoria como novelista, Julian Barnes (Leicester, 1946) aplica una fórmula en la que fue pionero, y que hoy es casi tópica. Despedidas amalgama el ensayo con la narración y la semblanza, aderezados de confesiones biográficas, con un tono que se aproxima más al balance que al epitafio.
El declive físico y las pérdidas –muy notablemente, la de su esposa– no han bastado para doblegar el sentido del humor y la bonhomía de este autor apasionado por la literatura, a la que ha dedicado algunas de sus obras más reconocidas (El loro de Flaubert, Arthur & George), y que ha alternado con la ficción más tradicional. En este caso, lo novelesco apenas le sirve como excusa para narrar una historia de amor en dos episodios, separados por varias décadas, en los que al principio actuó de celestina, y más tarde de paño de lágrimas. En sus años universitarios, conspiró para formar una pareja entre dos de sus amigos, y en el último tramo de la vida de los tres, las circunstancias se conjuran para repetir el intento, esta vez con el lastre –o la sabiduría– de lo ya vivido.
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En medio de esta intermediación amorosa, el diagnóstico de una variante de leucemia, controlable, precipita sus reflexiones sobre la muerte, la posteridad y el olvido, ante los que se muestra más bien modesto. Con una contención que bordea lo estoico, no permite que las digresiones se eleven demasiado, y los aspectos biológicos y neuronales del recuerdo parecen inquietarle más que ninguna consideración escatológica.
La curiosidad por los casos clínicos relacionados con la memoria embarca al lector desde la primera página en una expedición por algunos aspectos marginales de la ciencia, que se complementan de maravilla con sus reflexiones literarias. Tampoco escasean los pensamientos sobre su propia escritura, ni sobre las servidumbres y decepciones de la gloria literaria, que tienen su culmen no en lo logrado, sino en lo que alguna vez acarició con la imaginación: ganar el Nobel. Pero incluso en este fracaso muy relativo, Barnes se aferra a la humildad, y proclama medio en broma que, con este último libro, abandona ya la esperanza de que lo llamen desde Suecia.