Desorden moral

Bruguera. Barcelona (2007). 276 págs. 17 €. Traducción: Francisco Rodríguez de Lecea.

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Candidata desde hace unos años al Premio Nobel de Literatura, la canadiense Margaret Atwood (Ottawa, 1939) ha ido labrando una vasta y original obra que ahonda en la ficción, el ensayo e incluso la poesía y la literatura infantil. Catalogada, por algunos, como ardiente feminista, Atwood es, indudablemente, una escritora política en el sentido griego de la palabra. Su obra refleja un interés moral por la crisis social de nuestro tiempo y por el profundo desarraigo de las personas, como pone de manifiesto su última novela, Desorden moral.

En una serie de once relatos que abarcan un periodo de sesenta años, Desorden moral narra la historia de una mujer canadiense, Nell. Cada uno de los relatos se concentra en un aspecto particular de la vida de su protagonista: sus padres, la infancia, el matrimonio con Tig, su relación con los hijos del matrimonio anterior de su marido, su hermana, etc. Combinando el uso de la primera con la tercera persona, la novela parece surgir desde las profundidades de la memoria, seleccionando unas escenas -o unos hechos- y olvidando otras.

La idea que se oculta tras esta técnica narrativa tiene que ver con el título de la obra: Atwood busca encontrar un hilo moral que enhebre la vida de su protagonista; una especie de orden o de sentido último que cohesione su existencia. En lugar de esto, lo que aparece es una especie de desorden moral, de ausencia de un claro sentido unificador. La moraleja habla del desarraigo existencial del hombre contemporáneo, de su profunda soledad y del sinsentido de la vida.

Margaret Atwood es una magnífica narradora que trabaja con la acumulación de pequeños detalles. Su inteligencia es esencialmente descriptiva y se centra en los matices emocionales de los protagonistas. La prosa, transparente y fluida, un punto melancólica, facilita la lectura de cualquiera de sus libros.

Desorden moral no es la mejor de sus novelas, quizá porque se nota que los once relatos que componen el libro no fueron pensados originalmente para formar una sola obra. Los capítulos dedicados a la infancia de Nell son especialmente hermosos. Otros, como Malas noticias, tienen más de trabajo de aliño, como si la autora necesitara completar estos relatos y darles una coherencia mínima para formar la novela. Al final, como en un álbum de fotos, vamos saltando de página en página, buscando las mejores instantáneas. La sensación última es agridulce, de un cierto fracaso. Quizá porque la historia que cuenta Atwood es triste, de una tristeza amarga y desesperanzada.

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