Deshielo a mediodía

Nórdica.
Madrid (2011).
220 págs.
19,50 €.
Traducción: Roberto Mascaró.

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Pocas veces el premio Nobel de Literatura ha concitado un aplauso tan unánime; y, sin embargo, la obra de Tomas Tranströmer (Estocolmo, 1931) sigue siendo bastante desconocida por estos lares. Sendas antologías de la editorial Nórdica –El cielo a medio hacer y esta, que lleva por título Deshielo a mediodía– vuelven inexcusable su lectura.

Deshielo a mediodía completa el círculo que abriera El cielo a medio hacer, y brinda una suerte de biografía que abarca cincuenta años de filigranas poéticas, los que van de los primerizos, y ya maduros, 17 poemas (1954) a los experienciales e intensos haikus de El gran enigma (2004).

El poema que abre esta antología, Cinco estrofas para Thoreau, nos sitúa ya en esa ética del hombre en la Naturaleza tan propia de este creador, fugitivo de una “ciudad de voraces piedras” y testigo del paso de las estaciones. A su vez, el que da título al libro –que pertenece, curiosamente, a El cielo a medio hacer (1962)– es otra bellísima indagación sobre el tiempo, el objetivo y el subjetivo, que remite a Proust y el Bergman de Fresas salvajes: “Les pregunté:/ ‘¿Me acompañan hasta mi niñez?’ Respondieron: ‘Sí’”.

Poeta del paisaje, Tranströmer lo es también de la música –de la de Schubert, y Haydn, y Grieg…; pero también del concierto espontáneo de las gaviotas, las campanas y los hombres–, y, sin duda, de los sueños (“Cuatro mil millones de personas en la tierra./ Y todos duermen, todos sueñan”), tal vez porque esa forja lo consuela con la arquitectura perfecta de su inocencia, frente a una vida urbana en la que “uno no puede ver el rostro del otro”, y que es retratada con dardo de escorpión en el libro Tañidos y huellas (1966).

Como los grandes vates, Tranströmer parece escribir en la misma “boca del Tiempo” y escuchar lejanos ecos de personas y mundos ya extintos. En este sentido, resulta impresionante el poema Códex, de La plaza salvaje (1983), en el que rescata del olvido a los “hombres de las notas al pie, no de los titulares”, en un anhelo por perfilar una mitología anónima y tan estimulante como la, llamémosla, canónica. En Un hombre de Benín, muy anterior, había hecho lo propio inspirándose en un relieve del siglo XVI para reconstruir la vida de un judío portugués.

En su permanente busca de la esencia, el maestro sueco ha tanteado a menudo el haiku, estrofa japonesa de diecisiete sílabas que constituye una de las claves de su poesía última; pero también, y como vemos en esta antología, de sus primeras composiciones. Así, Deshielo a mediodía nos regala los nueve haikus de Prisión, inéditos hasta 2008 y tan tiernos y acariciadores como este: “Él bebe leche/ y se duerme en su celda/ madre de piedra”, escritos para el responsable de un hospicio para jóvenes, que compartía con él su interés por la poesía y su trabajo como psicólogo.

No hay certezas absolutas en la obra de Tranströmer, sino meditadas intuiciones que convierten a sus versos en cómplices del lector. Cercano y cálido, sin trampantojos, a menudo hermético pero, a la vez, ajeno a cualquier tentación de refugiarse en una torre de marfil, el Nobel se asoma a las páginas de un periódico y nos habla de la revolución de Irán, o recuerda la elección de “vida” y “olvido” del padre Damián en Molokai, como si la poesía fuera un diálogo simultáneo con distintos espacios y épocas diferentes.

El último poema del libro es, de nuevo, un haiku, extraído de El gran enigma: “Fuerte y lento viento/ de la biblioteca del mar/. Aquí descanso”. Cultura (la biblioteca, un espacio recurrente en su obra) y naturaleza (el viento y el mar) como un todo unitario e indisociable. Como una isla de paz.