De la alta cultura al consumo del “entertainment”

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La cultura-mundo.
Respuesta a una sociedad desorientada

Gilles Lipovetsky y Jean Serroy

Anagrama. Barcelona (2010). 222 págs. 17,5 €. T.o.: La Culture-monde. Traducción: Antonio-Prometeo Moya.

París-Nueva York-París.
Viaje al mundo de las artes y de las imágenes

Marc Fumaroli

Acantilado. Barcelona (2010). 921 págs. 36 euros. T.o.: Paris-New York et retour. Traducción: José Ramón Monreal.


Ensayo de vasta erudición, de escritura elegante y fluida, desenvuelta y desbordante de datos. Fumaroli enhebra unas citas con otras en un ejercicio de retórica que absorbe por su prosa y por su atrevimiento políticamente incorrecto. Expone argumentos para mostrar cómo es el mercado creado en torno al “arte contemporáneo” y la banal utilización de imágenes de éste, porque el arte contemporáneo es incompatible con el otium clásico y cristiano, aunque se alimenta de ellos y los usa constantemente desvirtuándolos. Porque el arte mira a la realidad y el “arte contemporáneo” roba imágenes que reproduce insaciablemente.

Fumaroli muestra y comenta lo que está a la vista: pintura, escultura, arquitectura, fotografía, performances; lo real y su representación, las imágenes de lo real, su duplicación o multiplicación industrial en el arte… No sigue ni un orden cronológico, ni tampoco geográfico: va y vuelve de París a Nueva York y mira a cada uno desde los conocimientos que le ha aportado el otro. Se centra en el arte, pero éste es indisociable de la historia, de la política, de la religión, de la literatura, que se explican entre sí y que Fumaroli nos presenta enhebrando citas, explicando obras de teología y obras de arte cristianas, contrastando a Duchamp con Warhol, saltando en el tiempo y en el espacio constantemente, desconcertando quizá al lector al que deja anonadado y deslumbrado de referencias.

Profundo conocedor y enamorado de París, de su historia, cultura y literatura, no es menos erudito en la cultura norteamericana, como demuestra en sus afirmaciones y citas. Se muestra en estos diarios como un conocedor de lo que escribe, tanto académico -catedrático de la Sorbona y del Collège de France- como narrador o cronista de lo que ha visto y comprobado tanto en París como en Nueva York. Sus descripciones de los frescos de Pompeya son tan minuciosas como las de la exposición del MoMa que pudo visitar. Su admiración por la cultura francesa -Baudelaire es el autor más citado- no le impide fustigar a la cultura de Estado que se practica en su patria, y se ocupa de ampliar y precisar en este ensayo lo que escribió en El Estado cultural.