Dante, poeta del mundo terrenal

Acantilado. Barcelona (2008). 293 págs. 24 . Traducción: Jorge Seca.

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La figura y la obra de Dante es una demostración de lo falsas que pueden ser las periodizaciones históricas. Dante es medieval (1265-1321), casi contemporáneo de santo Tomás de Aquino (1225-1274), su guía filosófico, pero tendrían que pasar siglos para que se diera un poeta de tal perfección, de tan suave, fuerte y exacta conjunción del buen decir con el decir bien. En Dante hay clasicismo antiguo, amor cortés provenzal, romanticismo avant la lettre, porque se dan, a la vez, razón y sentimiento.

Quienes deseen tanto una buena introducción a Dante como un excelente estudio sobre él, tienen ahora, por fin en castellano, Dante, poeta del mundo terrenal, del filólogo alemán, de origen judío, Erich Auerbach (1892-1957): un libro de nivel alto, escrito en 1929, que sigue fresco y valioso ochenta años después. No engañe lo de poeta de lo terrenal. En Dante todo está unido, y lo terreno es el camino del destino humano, del ejercicio de la libertad, que tendrá su premio o su castigo. Y ese mundo terrenal está en manos de Dios.

Auerbach demuestra la originalidad y novedad de Dante, aun dentro de la tradición del Dolce Stil Nuovo: mayor frescura; incorporar el lenguaje corriente sin perder por eso la elevación; un discurrir del pensamiento que parece que no sufre con la tiranía de la rima, pero, sobre todo, un aliento afectivo y de corazón que sólo siglos más tarde podrían explicarse con la famosa frase de Pascal: “El corazón tiene sus razones que la razón desconoce”.

El libro de Auerbach está lleno de análisis detallados (cuando recorre los círculos del Infierno y del Purgatorio, con una gran diversidad, muy matizada, de pecados) y de síntesis clarificadoras.

Auerbach demuestra un gran conocimiento de la filosofía de santo Tomás, que Dante sigue, y de las condiciones de vida y de cultura de los siglos XIII y XIV, a la vez que traza un retrato vivo, complejo y atractivo del poeta. Especial interés tienen las ideas pro Imperio de Dante, ardiente gibelino, su denuncia de la corrupción eclesiástica y del desorden fragmentario, que se deriva de la no vigencia de un sentido universal, como el que tuvo la Roma romana.

La Divina Comedia es una obra de continua referencia, a la que se debería ir en busca de belleza, de profundidad en el conocimiento del ser humano y de abundancia de imaginación; eso sí, una imaginación controlada, clásica y medida. Un libro que no hay por qué leer de corrido, sino, por ejemplo, un canto cada día, saboreando el genio de quien intentaba, y logró, “che dal fatto il dir non sia diverso”, que del hecho el decir no sea diverso. Lo ideal es manejar una edición bilingüe (hay una, con traducción de Ángel Crespo, en Seix Barral). Como escribió Borges, “nadie tiene el derecho de privarse de esa felicidad: la Comedia”.

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