Dafne desvanecida

José Carlos Somoza

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Destino. Barcelona (2000). 238 págs. 1.950 ptas.

El escritor Juan Cabo tiene un accidente de coche que le lleva a perder la memoria. De su pasado más inmediato solo conoce una aislada frase que escribió poco antes de producirse el accidente en un restaurante: “Me he enamorado de una mujer desconocida”. Desde ese momento, toda su obsesión es encontrar a esa misteriosa mujer, que puede encerrar las claves de su olvidada existencia. Sin embargo, lo que parece a simple vista un argumento de intriga, José Carlos Somoza (1959) lo transforma en una original novela donde, en clave de parodia, se repasan los mecanismos de la literatura y de la ficción. Dafne desvanecida ha sido la novela finalista del último Premio Nadal.

Al igual que en Cartas de un asesino insignificante (ver servicio 172/99), la clave está en el manejo que hace el autor de los entresijos literarios. La realidad y la ficción se confunden en todo momento, con pasajes verdaderamente imaginativos, aunque en alguna secuencia el autor abuse del morbo. Con sorprendentes golpes de humor y con un ingenioso planteamiento narrativo, Somoza hace lo que ya hizo Unamuno en su nivola Niebla: dar vida a un personaje de ficción que se rebela contra el destino, en este caso no de una manera dramática sino sobre todo lúdica.

La novela tiene la habilidad también de reírse de la literatura y de los escritores. Hay situaciones increíbles, como ese restaurante al que acuden los escritores para inspirarse literariamente o esa mujer que trabaja como modelo profesional para escritores que sólo escriben lo que les muestran los sentidos.

José Carlos Somoza vuelve a apartarse de los modelos narrativos realistas y tradicionales. La metaliteratura como juego es su punto de partida y su final, lo que le sirve a la vez para profundizar en las trampas de la literatura. Y todo vestido con un argumento sorprendente, con el que engancharán aquellos lectores que no buscan solo apasionantes historias de acción. Somoza prefiere jugar con la ficción para hacer reflexionar al lector sobre su propia verdad.

Adolfo Torrecilla