Días en Petavonium

Antonio Colinas

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Tusquets. Barcelona (1994). 118 págs. 1.200 ptas.

Días en Petavonium es el primer libro de cuentos de Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946); aunque es autor de novelas y ensayos, su modo de expresión más genuino es la poesía, con títulos como Sepulcro en Tarquinia (1975), con el que obtuvo el Premio de la Crítica, o su último poemario, Los silencios de fuego (1992). No es extraño, pues, que en Días en Petavonium se note la fecunda huella del lírico.

El libro contiene ocho cuentos distribuidos en dos partes, cada una de las cuales se desarrolla en un espacio distinto. La primera parte gira e torno a un pueblecillo leonés, Petavonium, “hundido en un valle de encinares y colmenas”. El narrador, que perdió su infancia “entre aquellas ruinas y despoblados cercados por trigales”, desvela anécdotas de su niñez o adolescencia, siempre relacionadas con la entrañable rusticidad de Petavonium. Tanto es así que también el lenguaje se embriaga de esta fragancia: el autor desentierra palabras rústicas, con sabor terruñero, sobre las que condensa una importante carga emotiva que contribuye a aumentar el lirismo de sus páginas.

Entre las ruinas de Petavonium, el narrador, ya cuarentón, evoca el reencuentro con su primer amor, revive el sueño de una cuna que mece a un niño muerto, o acerca al lector a la historia de un maestro laicista en los años previos a la guerra civil. La segunda parte del libro, de menor calidad literaria, recoge anécdotas ambientadas en una isla, en las que el misterio y el sueño son sus principales protagonistas. Ahora se evocan recuerdos sobre mujeres evanescentes, amores entre novios espectrales, etc. Al hilo de estas historias, el narrador agrega leves apuntes sobre cuestiones más profundas como el abandono de los pueblos, el sentido de la existencia o la vida de los seres marginados.

Pero estas disquisiciones o las anécdotas que narra no son sino elementos marginales al interés del libro. Su esencia es -ya lo hemos dicho- la esencia de Petavonium: su admirable rusticidad y el intenso lirismo de su lenguaje.

Begoña Lozano

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