Cuentos reunidos

Lumen. Barcelona (2009). 336 páginas. 19,90 €. Traducción: Vicenç Tuset.

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El estadounidense Sherwood Anderson (1876-1941) fue uno de los grandes innovadores del relato corto durante el primer cuarto del siglo XX. A pesar de su enorme influencia sobre las nuevas voces que hoy aglutinamos con el rótulo de Generación Perdida (Hemingway y Faulkner, sobre todo), su obra, exceptuando la colección de narraciones breves Winesburg, Ohio (1919, reeditada recientemente en Acantilado), cayó pronto en el olvido. Ahora, gracias a esta recopilación de veintiún cuentos, el lector español puede descubrir al maestro que, con un estilo aparentemente descuidado e ingenuo, hizo trizas la prosa elegante, académica y encorsetada que practicaban sus contemporáneos.

En Anderson -como en otro de sus discípulos aventajados, Saroyan- la vida propia se reelabora en unas narraciones con sabor autobiográfico, escritas en primera persona, y que se desatan sobre el papel como un torrente. Al leer estos cuentos, pasamos por alto las repeticiones, las vaguedades o el trascendentalismo de algunas reflexiones, fruto del carácter oral que el autor imprimía a sus textos. Cerramos los ojos a los defectos, porque son mayores las virtudes. No importaban los meandros que le condujeran a una buena historia: Anderson sabía olfatearla, y, cuando la tenía entre las manos, le administraba la dosis justa de sinceridad y emoción para hacerla inolvidable.

Es cierto que, con una visión de conjunto, estos cuentos -extraídos de los libros The triumph of the egg (1921), Horses and men (1923), Death in the woods (1933) y varias revistas y antologías- no alcanzan la unívoca belleza de Winesburg, Ohio, pero, desde luego, sirven para enriquecer la (insuficiente) perspectiva que teníamos sobre su obra.

Junto a relatos discutibles como El tonto o El hombre del abrigo marrón -donde, a nuestro juicio, el peso de la inextricable Gertrude Stein resulta agobiante-, o incluso fallidos, como La historia del hombre o El triunfo del hombre moderno, encontramos un selecto florilegio de obras maestras: Quiero saber por qué, El huevo, Soy un idiota, El hombre que se convirtió en mujer -casi una novela corta-, Muerte en el bosque o El regreso, entre otras.

Dentro de una cierta variedad de registros y escenarios, no es difícil sintetizar los motivos de este autor, a quien la crítica de la época distinguió como el más agudo retratista de la industrialización del Medio Oeste americano. Ese es el tema, por ejemplo, de su conmovedora El huevo, cuyo patético final, en el que el protagonista trata de introducir un huevo por el cuello de una botella, nos remite a las joyas más logradas del expresionismo alemán.

Pero hay más. Hay el paso de la adolescencia a la madurez, siempre traumática (Quiero saber por qué, Aún no ha cumplido los dieciséis); la alienación de las grandes urbes (en Botellas de leche, Sherwood evoca su inane carrera como publicista); la violencia, a veces teñida de poesía (en Hermanos y La historia del hombre, relata sendos crímenes; en Muerte en los bosques, la agonía de una anciana en la nieve; en Nadie se rió, la cruel broma que unos aldeanos gastan a un vagabundo con problemas mentales; en El hombre que se convirtió en mujer, un intento de violación; en La pelea, una absurda disputa familiar…); y, desde luego, el mundo de los caballos, al que Anderson recurre en buena parte de estos cuentos, así en Soy un idiota, una tierna historia que Faulkner definió como “el mejor relato breve de América”.

Admirado y luego vilipendiado -Hemingway, que tanto le debía a su magisterio y generosidad, parodió su estilo en su novela Torrentes de primavera-, es de justicia reivindicar hoy la figura de Sherwood Anderson. Inventó una manera de contar que ha sobrevivido a las modas, y su influencia fue tan crucial y vigorosa, que, sin saberlo, seguimos topándonos con sus cualidades cada vez que leemos a Faulkner, Steinbeck o Erskine Caldwell. Como reza el título del último cuento de esta colección, “ciertas cosas perduran”.

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