Cuentos de amor de locura y de muerte

Horacio Quiroga

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Menoscuarto. Palencia (2004). 294 págs. 14 €.

El uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937) está considerado como uno de los padres del cuento moderno. Relatos suyos aparecen en todas las antologías del género y también son muy citadas sus reflexiones teóricas sobre el cuento literario, con decálogo incluido, que con buen criterio han sido recogidas en un apéndice de este volumen, el primer libro de relatos de los siete que publicó.

Cuentos de amor de locura y de muerte apareció en 1917; después vendrían, entre otros, Cuentos de la selva (1918), Anaconda (1921) y Los desterrados (1926). En el caso de este autor hay un claro trasvase de su turbulenta vida a su literatura. Como señala el joven literato argentino Andrés Neuman en el ensayo preliminar de esta edición de Menoscuarto, Quiroga reescribe su vida mediante la ficción.

Horacio Quiroga no tuvo una vida fácil y vivió asediado por la muerte, con una obsesión que le llevó al suicidio. La muerte es uno de los temas centrales de este libro, que la aborda desde diferentes puntos de vista, aunque casi siempre con fatalismo. El título del libro no procede de ninguno de sus relatos sino que pretende ser algo así como su hilo conductor. No hay ningún error en la forma en que está escrito: se trata de cuentos de amor que tienen dos especificaciones, de locura y de muerte, aunque tanto da, pues la locura es de alguna manera otra muerte del alma.

Una característica de los cuentos de Quiroga es la importancia del paisaje. En su caso, no es un simple decorado sino que es también un medio para explicar la realidad, con una gran carga simbólica que quizá procede de la fascinación que el autor siempre sintió por la naturaleza.

Otro rasgo de estos relatos es la presencia del dolor y del sufrimiento. Quiroga no se regodea en describirlos, sino que le sirven para humanizar a sus personajes, aunque tal sentimiento de piedad no es bastante para salvarlos, pues casi todos aparecen marcados por un destino fatal.

Como suele suceder con los libros de relatos, algunos levantan expectativas que luego no se cumplen, pues fallan en la resolución final, en el estilo, o en la elección del argumento y de la trama. Pero, por lo general, todos se leen muy bien. Quiroga sabe que debe suscitar el interés desde la primera línea, y a menudo emplea un comienzo ex abrupto, recurso que proporciona insólito vigor narrativo. El ambiente que describe es siempre vivo, auténtico, nada libresco. Aunque a veces se le va la mano, suele seguir uno de los mandamientos de su decálogo: “No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable”. Quiroga extrajo estas enseñanzas de su propia experiencia como narrador y de la lectura de otros grandes maestros del género (Chéjov, Poe, Maupassant, Conrad y Kipling). Y siempre procuró cumplir otra de sus máximas: “No escribas bajo el imperio de la emoción”.

Adolfo Torrecilla

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