Cuando el otoño se levanta

Miguel Aranguren

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Bellacqua. Barcelona (2002). 223 págs. 15 €.

El escritor Miguel Aranguren (1970) va dando forma poco a poco a un mundo literario bastante alejado, por suerte, de los tics narrativos de buena parte de la joven literatura, tan a la búsqueda de argumentos desquiciados y sensaciones límites. Aranguren basa su literatura en su honda concepción del ser humano, como ya demostró en Hijos del paraíso (ver servicio 161/99). Las preocupaciones morales que atraviesan la novela, y que le dan una sugestiva profundidad, están descritas con un cordial tratamiento estilístico.

Su nueva novela, Cuando el otoño se levanta, es una extensa carta que Félix Suárez, el narrador, escribe a Tirso, un amigo de la infancia con el que acaba de coincidir en una boda después de muchos años sin haberse visto. Félix es un novelista de éxito y un importante periodista, que ha sabido acomodar el mensaje de sus textos a los aires morales de la modernidad. Sin embargo, sabe que su vida está atravesada por el hastío, la incomunicación y el desarraigo personal y familiar. Un inesperado suceso familiar, la muerte de su hermano pequeño, Chema, retrasado mental, ha sido para él y su familia un mazazo existencial. Félix no consigue sobreponerse, y busca en los recuerdos la explicación al sinsentido de su vida. Después del fortuito encuentro con Tirso y con otros compañeros de la infancia, Félix decide contar su vida a Tirso, su amigo del alma, tomando como núcleo central del relato la añoranza de la amistad perdida.

El argumento es leve pero sólido. Hay momentos emotivos, como las ocurrencias del mundo de la infancia y el acertado retrato del ambiente escolar. Hay otros más duros, como la muerte de Chema, clave para poder entender la crisis positiva que atraviesa el narrador. Los personajes representan de alguna manera el vacío de la modernidad. Los recuerdos de la infancia y el anhelo de la amistad sirven a Félix de acicate para recuperar la fe en la vida y en la amistad, lo que no es poco para salir de la niebla.

Adolfo Torrecilla