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Crónicas de un país que ya no existe

EDITORIAL

TÍTULO ORIGINALLibia, de Gadafi al colapso

CIUDAD Y AÑO DE EDICIÓNMadrid (2015)

Nº PÁGINAS199 págs.

PRECIO PAPEL21 €

TRADUCCIÓN

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El periodista y escritor John Lee Anderson no acostumbra investigar casos fáciles: Pinochet, el Che Guevara, Hugo Chávez… (ver El dictador, los demonios y otras crónicas). Por eso, el 27 de febrero de 2011 se metió en un coche en El Cairo y condujo hasta la ciudad libia de Bengasi, en los primeros días del levantamiento contra Muamar el Gadafi, el excéntrico dictador que gobernaba Libia desde 1969, y que en décadas pasadas manejó los hilos de graves atentados terroristas.

En Crónicas de un país que ya no existe –que se publica en castellano antes que en inglés–, las notas de Anderson comienzan ese día y, con intervalos unas veces breves y otras muy extensos, terminan apenas “ayer”: el 3 de agosto de 2015. El autor se movió entre las jubilosas multitudes que celebraban la caída del tirano… antes de que cayera, y que tenían que correr y ponerse a buen resguardo apenas aparecía la aviación del régimen. Bengasi, Trípoli, Misurata, Sirte… En todos los puntos estratégicos de la geografía del país norteafricano pudo constatar los avances y retrocesos de la insurgencia, su a veces caótica organización, los bombardeos, las torturas de diferente autoría, la putrefacción, la muerte… Incluso la muerte que consuela, como la del joven combatiente libio-estadounidense cuyo cadáver, yacente por varios días sobre la arena del desierto, no se había corrompido, por lo que su padre pasó sin transición del luto al gozo y no paraba de dar gracias a Dios.

Anderson vio fraguarse en el terreno liderazgos que competían entre sí, y registró algunas de las “profecías” de los ciudadanos libios que, conocedores del “paño”, avizoraban un futuro negro una vez desaparecido Gadafi. “La gente de aquí mira a Occidente, no a ningún tipo de sistema socialista –le aseguró Mustafá Gheriani, un hombre de negocios local–, pero si quedan decepcionados con Occidente, pueden convertirse en presa fácil para los extremistas”. Era el 28 de marzo de 2011. Pero parece haberlo dicho esta mañana.

En efecto: tras el derrocamiento de Gadafi, Cameron y Sarkozy pusieron el pie en el desierto únicamente para prometer que Libia no estaría sola en la reconstrucción. Solo que, cuando lo levantaron, también volaron las palabras. El 16 de febrero de 2015, el autor anotaba la expresión de sorpresa de un legislador inglés a su vuelta de Trípoli: “Había un solo policía británico asignado al Ministerio del Interior, ¡y era para el programa británico de desarme y desmovilización!”. Y es que en un mar de fusiles y armas de mayor calibre en poder de los civiles, que cada dos por tres las hacen disparar contra sus adversarios o que sencillamente se las disparan accidentalmente contra sí mismos mientras las limpian, pocos estarán dispuestos a pasarse y sugerir cómo se hacen las cosas.

El desarrollo de los acontecimientos ha demostrado cuán acertado estaba el vaticinio de Gheriani. Sin el omnipresente y ampuloso “hermano líder” –del que Anderson narra anécdotas tan “coloridas” como terribles, así como su linchamiento a manos de una turba–, pero sin un adecuado apoyo internacional, la sociedad libia, acostumbrada por décadas a no salirse del tiesto, se ha fragmentado caóticamente. Son varios los que reclaman la legitimidad de sus “liderazgos”, lo mismo seculares que islamistas, sin contar con que entre estos, entre sus varias facciones, campea ya el temido Estado Islámico.

Un camino, en fin, terrible –más difícil, si se quiere, que el del Iraq post Saddam–, que Libia está desandando en este mismo instante. Y en el que Anderson la ha acompañado un buen trecho como testigo.

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