Crónica de Dalkey

Nórdica. Madrid (2007). 312 págs. 18 €. Traducción: Mª José Chuliá García.

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¿Quién es Flann O’Brien? En principio, un escritor admirado por James Joyce y Anthony Burgess, lo que no es decir poco. Pero si además sabemos que el respetado Harold Bloom incluye Crónica de Dalkey y El tercer policía (ver Aceprensa 5/07) en su Canon occidental, no nos quedará más remedio que mirar con respeto esta ficción en apariencia intrascendente y gamberra.

“Dalkey es una ciudad pequeña, situada a unas doce millas al sur de Dublín… acurrucada, tranquila, como adormilada”. Y sin embargo, allí vive el hombre que está planeando destruir el mundo, un mundo demasiado feo para su exquisita sensibilidad. Así se lo participa a Mick y Hackett, sencillos habitantes de Dalkey. Ese hombre, De Selby, posee un producto capaz de anular el oxígeno y con el que consigue también dominar no sólo el tiempo, sino el abismo entre el cielo y la tierra, de modo que ha conseguido entrevistarse, entre otros, con san Juan Bautista. Pero este no es el arranque de una terrible trama de ciencia-ficción, sino de un desconcertante jugueteo que oscila entre el costumbrismo y la demolición de mitos. Mick y Hackett conversarán con un gruñón san Agustín, Mick encontrará a pocos kilómetros de Dalkey a James Joyce convertido en barman y negando haber escrito el Ulises, “ese libro obsceno”…

Con el humor que impregna toda la novela, O’Brien (1911-1966) la dedica “a mi Ángel de la Guarda, para convencerle de que sólo estoy bromeando y prevenirle de que debe velar para evitar malos entendidos cuando yo vuelva a casa”. Pero las irreverencias de O’Brien, si las hay, no llegan ni de lejos a la acidez o al mal gusto, aunque retoce con la religión y con ese otro culto profano a los monstruos de la literatura.

Apasionado de lo celta y, en concreto, de lo irlandés, el autor acerca a los lectores, de modo impresionista, a diversos aspectos de la vida provinciana de Irlanda, centrada en el pub, y no deja de aludir a tipos y hechos de la historia del país. Pero quizá se nos revele mejor el alcance de la novela si superamos lo costumbrista y tomamos Dalkey en clave de microcosmos, poblada por una serie de tipos de nuestra época: el intelectual prepotente, lleno de oculto desprecio hacia sus contemporáneos; el hombre bueno que se halla en continua búsqueda, aunque lo ignore; el mediocre que se conforma con ver la vida pasar y aprovecharse de lo que pueda; el ocioso funcionario que mata el tedio inventando teorías… Lo cierto es que, como observa Burgess, Crónica de Dalkey admite infinidad de lecturas. Su final, abrupto en apariencia, resulta en el fondo optimista y presenta una visión realista de la felicidad.

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