Con los ojos cerrados

Urano. Barcelona (2007). 218 págs. 14 €. Traducción: Maria Antonia Menini.

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Además de juez y autor de L’arte del dubbio, un libro de ensayos sobre los procesos y los interrogatorios judiciales, Gianrico Carofiglio (Bari, 1961) es también autor de una serie de novelas policíacas protagonizadas por el abogado Guido Guerreri. Esta serie ha tenido una excelente acogida en Italia y sus novelas también han sido llevadas a la televisión.

Testigo involuntario, a pesar de estar editada en una colección de género negro, no es una novela policíaca en estricto sentido, ya que no tiene un argumento ni un desarrollo de intriga, acción e investigación policial. Cariofiglio narra un caso judicial penal protagonizado por el abogado Guido Guerreri, el protagonista de la serie. Aunque sabe que el caso le va a ofrecer todo tipo de inconvenientes y olvidándose de la rentabilidad económica profesional, Guerreri se decide a defender a un vendedor callejero senegalés inculpado en el secuestro y asesinato de un niño de nueve años.

La novela sobre todo sirve para presentar, en un ambiente actual, a Guerreri, letrado de treinta y nueve años, al que acaba de abandonar su mujer. El relato mejora a medida que avanza, hasta llegar a la vista judicial final, donde el autor demuestra sus conocimiento y experiencia en el procedimiento, el interrogatorio y la dialéctica judicial.

Con los ojos cerrados cuenta un nuevo caso del abogado Guerrieri, un espinoso asunto de violencia contra las mujeres. Novela entretenida y bien elaborada en la que también se dan a conocer los entresijos sociales, psicológicos, policiales y judiciales del acoso y la violencia denominada machista. Quizás tiene unos personajes un poco forzados en el costumbrismo posmoderno, pero sirven bien para soportar una trama sencilla y sobre todo enriquecida con los detalles del procedimiento y de los interrogatorios judiciales. Aunque los problemas que plantea el caso son claramente sórdidos, están narrados sin caer en detalles molestos y con una evidente actitud ética, sólo formalmente descompensada con un número a veces excesivo de insultos y exabruptos.