Ciudad de ladrones

Seix Barral. Barcelona (2008). 349 págs. 16,5 €. Traducción: Francisco Lacruz.

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“Ciudad de ladrones” es uno de los apelativos con que la propaganda alemana descalifica a Leningrado durante el largo asedio que tuvo lugar en la Segunda Guerra Mundial. Ciudad de ladrones es, y también de caníbales, y sobre todo de hambrientos y desesperados. Este el contexto de la nueva novela de David Benioff (1970), guionista de cine (Troya, Cometas en el cielo) y autor de La última hora (2000) y Descalza sobre el trébol y otros relatos (2004).

Los primeros capítulos de la novela son una especie de descenso a los infiernos, con los dos protagonistas vagando por la ciudad asediada, entre rapiña, mercado negro, antropofagia, remedos de alimentos y mucho frío. El motivo de su salida es casi esperpéntico: A Lev, de diecisiete años, detenido por saquear el cadáver de un alemán, y a Kolia, de veinte, acusado de deserción, se les ofrece una oportunidad de salvar la vida si consiguen, en un plazo de cinco días, encontrar una docena de huevos para el pastel de boda de la hija del coronel que se halla al mando de la prisión de Las Cruces. Cuando Kolia comprende que la búsqueda es inútil en Leningrado, ambos jóvenes salen de la cuidad y comienza una nueva modalidad de la aventura, donde el reto será sobrevivir a los alemanes y a la desconfianza de los partisanos.

La experiencia de Benioff como guionista resulta patente en su habilidad para crear situaciones azarosas y diálogos chispeantes. De hecho, es fácil adivinar un buen film comercial bajo esta novela, que incluye también esa lamentable tendencia de dicho cine a la expresión grosera y la charla escabrosa. Es también, en cierto modo, novela de aprendizaje, encarnado este en Lev, joven judío inteligente pero acomplejado por su poco agraciado aspecto. Otro motivo importante es la amistad que va surgiendo entre él y su compañero de fatigas, Kolia. Este, mezcla de soldado e intelectual nihilista, audaz hasta lo temerario por su falta de razones para vivir, llegaría a resultar simpático si no fuera por su fijación sexual, un tanto absurda.

Benioff presenta su historia como unas memorias apócrifas de su abuelo (el protagonista se apellida también Benioff), recogiendo aquellos días en que “conoció a la abuela [una partisana], hizo su mejor amigo y mató a dos alemanes”. Pero esa época sólo parece haber dejado en él un poso de desengaño traducido en una existencia taciturna y egoísta, coherente con el desolador panorama vital que se nos presenta en la novela, salvado por una cierta visión positiva de la amistad, pero sin una luz sobrenatural y con apenas un concepto superficial del amor.

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