Casa propia

Renacimiento. Sevilla (2004). 84 págs. 6 €.

Enrique García Máiquez es uno de los poetas jóvenes más interesantes que hay en este momento en Andalucía. Autor de los libros de poemas Haz de luz y Ardua mediocritas, coeditor de la revista de poesía Nadie parecía y traductor de Chesterton -junto con insignes como Luis Alberto de Cuenca o Julio Martínez Mesanza-, ha afinado con los años una voz que ya se dejaba oír con claridad en sus primeros títulos. Casa propia delata el magisterio de algunos poetas contemporáneos y el peso evidente de toda la tradición lírica en castellano, pero muestra sobre todo la habilidad del poeta para utilizar esa tradición y ese magisterio a su servicio.

El libro está dividido en cinco secciones precedidas de un poema en cursiva, a modo de declaración de principios: “Comienzo a construir por el tejado: / lo primero que hago es acabar / y después viene el resto, o sea, todo. / Gira el reloj como la hormigonera / donde ruedo al revés: después de siglos / de ser católico me he convertido / a la fe que tenía; mucho antes / de escribir un poema era poeta; / he conocido a tipos estupendos / en mi grupo de amigos; por mi misma / mujer me he vuelto loco”. Restablecimiento del yo lírico autobiográfico, propósito de tono menor y descubrimiento de lo cotidiano como fuente de asombro: algo así sería el programa que anuncia “Arquitectura”.

Sólo que ese programa se comprueba muy coherente y nada improvisado, como finge el poeta: el tono menor casa a la perfección con esa zambullida en los temas cotidianos, pero también con la actitud moral que preside el libro: una desdramatización de la existencia y una relativización de la propia literatura. Un ejemplo de lo primero: los poemas en que el poeta dice haber muerto, sólo para concluir que después “volveré a ver el mundo / con ojos de recién resucitado”, en una mirada que pretende recuperar lo maravilloso en lo ordinario. Un ejemplo de lo segundo: el uso de la metapoesía, el homenaje, la intertextualidad o el pastiche para mostrar irónicamente algo que excede el ejercicio de estilo: en “A Nuestra Señora” el poeta se encomienda a Berceo y escribe en cuaderna vía como coartada para ensayar una oración mariana de otro modo extemporánea para la mayoría de sus lectores, dice.

Hay también referencias a Cernuda, Quevedo, Borges y Lope -ese empleo descarado de la tradición en piezas de gran naturalidad dentro de su clasicismo: sonetos, romances en octosílabos, en eneasílabos, endecasílabos blancos, etc. Y hay por doquier un humor y unos contenidos juegos de ingenio que ni abruman ni impiden el discurso.

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