Caoba

Veintisiete Letras. Madrid (2010). 176 págs. 12 . Traducción: Sergio Pitol.

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La nómina de intelectuales perseguidos o asesinados por Stalin es extensa. Borís Pilniak fue uno de ellos. Fusilado en 1938 a los 44 años de edad por los peregrinos cargos de “terrorismo” y “espionaje”, antes de caer en desgracia llegó a presidir la Unión de Escritores, y defendió la Revolución contra viento y marea. Su obra fluctuó vacilante en la marejada de su tiempo: en ocasiones crítico con Stalin, buscó otras veces congraciarse con ese sistema que devoraba a sus mejores hijos. Si Caoba (1929) provocó el recelo de las autoridades soviéticas, El Volga desemboca en el mar Caspio (1930) y O.K. (1931) pretendieron una tardía redención, que no evitó su encarcelamiento y posterior asesinato.

Caoba es una colección de cuatro relatos y una novela corta, la que da título al libro. Su estilo, fragmentario y desordenado, se empapa de las corrientes de vanguardia que a la sazón recorrían Europa, pero, una vez que se asimilan esos jugueteos formales -en particular la simultaneidad de acciones-, la lectura resulta bastante fácil y atractiva.

El primer relato, Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos, es toda una lección de pirotecnia narrativa, que se sustenta en las populares muñecas rusas para encerrar una historia dentro de otra. El amor entre una profesora rusa y un oficial japonés de las fuerzas de ocupación concluye con la asimilación cultural por parte de la primera y su ulterior repatriación a Vladivostok, cuando descubre que su marido ha vampirizado sus experiencias para escribir una novela.

En La ciudad de Ordynin, se aprecian mejor los rasgos de Pilniak. Aquí, el protagonismo es coral -una villa rusa antes y después de la Revolución-, aunque el autor se fija, sobre todo, en el comerciante Ratchín, cuyo hijo se convierte en un activo revolucionario que un día vuelve a la ciudad lleno de rencor hacia el pasado. El milenio es el relato más breve, y cuenta la alucinada conversación que mantienen dos hermanos, herederos de un linaje ancestral, acerca de la secular miseria que sacude a su pueblo, inmune a cualquier proyecto reformista.

Al viejo queso de Cheshire es un relato conmovedor acerca de la guerra civil entre blancos y rojos y de sus víctimas. Una familia que vive en la estepa es asaltada por un grupo de jinetes kirguises, que viola a las mujeres y asesina a los hombres. Las atrocidades de la guerra contrastan con el bienestar de un ciudadano ruso, amigo de la familia, que reside en Londres y se cartea con una de las mujeres.

Caoba, por último, es una novela corta y a la vez torrencial, que comunica al lector una constante sensación de vértigo. Sus protagonistas, si se puede hablar de tales, son dos hermanos, restauradores especializados en caoba, que viajan desde Moscú a una ciudad de provincias, donde se instalan en casa de un viejo, y frecuentan a distintos vecinos en busca de género que comprar. Dos personajes secundarios resaltan sobre la muchedumbre humana que cruza estas páginas: el ingeniero Akim Skudrin, hijo del viejo hospedero, y su tío, el loco Ogochov. Ambos pueden ser definidos como mártires de la Revolución: Ogochov vive en unas calderas junto a un grupo de mendigos, anclado en los ideales que el Partido ha traicionado -“¡Llora, Akim, llora inmediatamente por la pérdida del comunismo!”, ordena a su sobrino-, mientras que éste, partidario de la facción trotskista, se plantea su destino como revolucionario.

La lucidez de uno y la desesperación del otro debieron de incomodar a los maquinistas de ese tren que, a su paso, arrollaba el presente y el futuro de Rusia; y Pilniak, como Bulgákov y tantos otros, pagó caro su atrevimiento. Sea como fuere, nos queda su obra, un fresco sobre la autocracia comunista y sus máscaras; un fresco que, tras su muerte, completarían autores de la talla de Solzhenitsyn o Shalámov.

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