Caballeros de fortuna

Tusquets. Barcelona (1994). 321 pág. 2.000 ptas.

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El éxito de su anterior y primera novela, Juegos de la edad tardía (1989), traducida a nueve idiomas y de la que se han vendido más de 250.000 ejemplares, ha contribuido a levantar expectación ante la nueva novela de Luis Landero.

El argumento, muy en la línea de las novelas tradicionales del siglo XIX, de las que se considera heredero el autor, cuenta la historia de cinco peregrinos personajes. Todos aparecen marcados por la exageración, la extravagancia, lo grotesco, lo paródico y lo deliberadamente arcaico. Todos guardan también una relación muy especial y enfermiza con el lenguaje y la literatura.

Julio Martín Aguado, propietario de una tienda textil en el imaginario pueblo donde transcurre la acción (en la comarca extremeña de Baldíos de Gévora), es aficionado a los discursos de Ortega y Gasset y a la figura militar de Alejandro Magno. Belmiro Ventura, profesor de historia en un instituto, escritor y metódico investigador; Amalia Guzmán, la maestra, amante de la música y de los diarios; Esteban Tejedor, un personaje lelo, obsesionado absurdamente con ser rico y con el amor; y Luciano Obispo Rebollo, adolescente con ansias de seminarista, que abandona todo por la llamada del amor.

Como telón de fondo, una voz anónima, el narrador, que es un asistente más a la diaria tertulia de ociosos y mirones de la placita de Ultramar. Poco a poco, y de una manera bastante forzada, Landero intenta unir estas cinco extravagantes historias hasta hacerlas desembocar en un mismo y trágico suceso, ocurrido quince años antes del momento concreto en el que se cuenta la novela, el 4 de junio de 1993.

Hay historias y momentos muy conseguidos en Caballeros de fortuna, especialmente las páginas dedicadas a los años de profesor de Belmiro Ventura y a las aficiones de Julio Martín, el otro Ortega. También abundan los pasajes en los que Landero muestra su sentido del humor y su habilidad para narrar historias.

Pero estos aciertos son siempre puntuales, y no definen la novela en su conjunto. En ningún momento las peripecias de laboratorio de estos personajes traspasan la frontera de lo verosímil: los personajes, en su desmedida exageración, aparecen estrangulados, sin vida, movidos por los evidentes hilos del autor. La huella de García Márquez es palpable en el deseo de forzar la realidad. Pero una novela no tiene calidad literaria sólo porque haga malabarismos -más o menos graciosos- con esta realidad. Tiene que haber algo más.

En una reciente entrevista, declaraba su autor: “Me fascina la Ilustración. Me gustaría ser uno de aquellos viejos ilustrados que defienden esos viejos valores que están en el origen de la izquierda: la razón, la tolerancia, la libertad, la igualdad, la fraternidad”. Hay varios momentos en esta novela en los que el autor se olvida, y bastante, de estos ideales: el primero es la parodia cruel que realiza del sacerdote del pueblo, el padre Mirón, para quien la confesión es sólo un buceo inquisitorial en las desviaciones y acciones sexuales de los personajes; otro es cuando dice que el padre de Luciano Obispo es el mismo patrón del pueblo, que se apareció milagrosamente a su madre, desde entonces religiosamente trastornada; otro más es cuando describe la atracción, al principio simpática, luego sexual, que sienten el niño Luciano y su maestra. No parece que el autor haya realizado estas parodias con maldad, sino por su valor como elementos grotescos. No sabemos si esta tendencia deriva de su espíritu tolerante y abierto.

La novela guarda paralelismos con Juegos de la edad tardía: la vida rutinaria que, de golpe, se transforma; la mezcla de realidad y fantasía; la pasión por narrar; la relación de los personajes con los hechos literarios. Sin embargo, lo que en su primera obra se hacía de un modo natural y suelto, en Caballeros de fortuna aparece muy condicionada.

Adolfo Torrecilla