Bendito sea el ladrón

TÍTULO ORIGINALBless the Thief

GÉNERO

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Anagrama. Barcelona (1998). 256 págs. 2.100 ptas. Traducción: Damián Alou.

En el siglo XIX, el artista Delaquay ilustraba a mano con sus propios dibujos obras de las que imprimía un solo ejemplar. Este enigmático artista sólo se ocupaba de obras muy concretas, todas ellas sobre la caída del hombre y el poder demoníaco de los ángeles rebeldes, sus obsesiones. No se podían vender ni copiar y los poseedores de estos raros ejemplares constituyen la secreta sociedad Delaquay.

Thomas Lynch, el protagonista de la novela, entra en esta sociedad al recibir en herencia un Paraíso Perdido de Milton, ilustrado por Delaquay. Esto le pone en contacto con la concepción del arte y con las preocupaciones del admirado artista. Este encuentro hará tambalear sus más íntimas convicciones y le pondrá en la pista de un oscuro origen familiar.

El inglés Alan Wall debuta en la novela con un trabajo altamente intelectual y bien construido. En boca de algunos personajes, el autor inserta, literalmente, auténticas conferencias sobre el sentido del arte y comentarios en torno a importantes obras literarias. La acción, con cierta intriga que se mantiene hasta el final, parece simple excusa para un inteligente didactismo que aporta atrevidas intuiciones sobre la ética del quehacer artístico.

Bendito sea el ladrón es una novela ambiciosa y elegante, una penetrante reflexión sobre el bien y el mal. El autor pone de manifiesto los peligros de bucear en las preguntas importantes guiado sólo por sensaciones e impulsos, lo que lleva a comprobar, otra vez, que quien no vive como piensa acaba adaptando sus convicciones a su conducta.

Javier Cercas Rueda

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