Baudolino

Umberto Eco

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Lumen. Barcelona (2001). 534 págs. 3.450 ptas. Traducción: Helena Lozano Miralles.

Umberto Eco (1932) es un novelista accidental, de temporada, como se define él mismo. Sólo escribe en vacaciones. El resto del tiempo lo dedica a su trabajo como profesor universitario, investigador, ensayista y semiólogo, y a tomar notas para sus novelas históricas. Baudolino es la cuarta. De las anteriores, El nombre de la rosa (1980) se convirtió en un best-seller mundial. Las otras, El Péndulo de Foucault (1988) y La isla del día de antes (1994, ver servicio 118/95), tuvieron una acogida más fría. En su original concepción de la novela histórica están muy presentes sus conocimientos sobre semiótica, que Eco suele aplicar como deslumbrantes trucos narrativos.

En Baudolino, Eco regresa a la Edad Media. Pero no una Edad Media real, sino a un medievo concebido como parodia y burla. La novela está ambientada en 1204, en plena decadencia del imperio de Constantinopla. El peso de la narración lo lleva Baudolino, un joven pícaro que llega a ser hijo adoptivo de Federico I Barbarroja. Baudolino es un mentiroso compulsivo que reinterpreta con el relato de su vida y sus anhelos la historia de la Edad Media. En este relato destacan los años dedicados a su educación bajo la protección del emperador Federico Barbarroja y los viajes que realizó por el lejano Oriente con el fin de descubrir y luego difundir el mito del Preste Juan.

Todo le sirve a Eco para construir su relato, desde la narración de piadosas leyendas y viajes exóticos poblados por animales de los bestiarios medievales, hasta las prolongadas discusiones filosóficas y teológicas que tienen lugar en Bizancio y también en Oriente, pasando por el tráfico de reliquias, la fundación de Alejandría, alusiones a la Sábana Santa, disquisiciones sobre el Santo Grial, etc. Las continuas dosis de erudición dotan a sus novelas de una constante presencia de referentes históricos y literarios, reales o ficticios. Para algunos esto es motivo de asombro por su conocimiento de la Edad Media y por su desbordante imaginación; para los más críticos con su narrativa, se trata de prescindibles ingredientes que acaban por ahogar el discurso narrativo y que abruman al lector. Además, en muchas ocasiones, lo que Eco presenta como filosofía no son sino juegos conceptuales y alardes intelectuales, que aparecen con la intención de atrapar el interés del lector (Eco no olvida que es profesor de semiótica cuando escribe sus novelas).

De esta manera, la historia que relata Baudolino, con sus buenos momentos, es una sucesión desmesurada de añadidos de todo tipo, sin orden ni concierto, relatos que no se sabe qué función cumplen en la trama y que son más bien una ocasión de lucimiento para Eco y de la irrefrenable capacidad de Baudolino (y de Eco) para la invención y la mentira.

Ángel Amador