“¿Qué puedo escribirte, querido, salvo unas cuantas hojas carcomidas de recuerdos de la época en la que aún no nos conocíamos?”, le escribe a su marido la alemana Christa Wolf (1929-2011) en el mes de julio de 2011, pocos meses antes de su fallecimiento. Habían cumplido sesenta años de matrimonio y la escritora quiso regalarle como homenaje esta novela breve inspirada en sus recuerdos personales de la Segunda Guerra Mundial. Wolf fue una de las figuras relevantes de la literatura alemana, primero en la RDA y, tras la unificación, que ella rechazó, en toda Alemania. Entre sus obras, merecen destacarse Casandra (1983) y Medea (1996).
En esta breve narración, August, un conductor de autobuses alemán que está a punto de jubilarse, viaja de Praga a Berlín con un grupo de alemanes. Ya viudo, lleva casi toda la vida en ese trabajo, que le gusta y que ejerce con responsabilidad. Es una persona tranquila, complaciente, agradecida, con un duro pasado a sus espaldas, sobre todo durante su infancia. Huérfano, al final de la Segunda Guerra Mundial llegó solo a la estación de Mecklenburgo y de allí la Cruz Roja lo trasladó a un hospital de tuberculosos en plena montaña.
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August alterna los intensos recuerdos del tiempo que pasó en el conocido como “Castillo de las Polillas” con algunas observaciones sobre su trabajo como conductor. Con apenas ocho años, y con las carencias propias de una durísima posguerra, August luchó por salir adelante en medio de unas circunstancias dramáticas, con hombres y mujeres muy enfermos y con otros huérfanos como él.
En el Castillo, conoce a Lilo, una adolescente también enferma que dedica su tiempo a cuidar de los más pequeños. August se queda prendado de ella y se convierte en su compañero inseparable. En medio de un mundo hostil, con la constante presencia de la muerte, Lilo intenta alegrar la vida de los demás y del propio August, que solo piensa en ella y en estar a su lado.
Ya adulto, acordarse de Lilo y de sus meses de estancia en el hospital no le lleva, sin embargo, a estar triste, sino que ha asimilado estos recuerdos con serena resignación. De tal manera que cuando revive su infancia, le asaltan sentimientos de agradecimiento, que la autora acierta a describir en un relato donde todo está medido y donde se agradece el tono cálido, nada melodramático.