Arlington Park

Lumen. Barcelona (2008). 304 págs. 19,90 €. Traducción: Bettina Blanch Tyroller.

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Han comparado a la británica Rachel Cusk (1967) con su compatriota Virginia Woolf. En su sexta novela, Cusk acredita una exigencia artística grande, ciertamente, y algunas lecciones bien aprendidas de su maestra, pero no tantas como para considerar que haya dejado de ser una alumna. Arlington Park entrecruza las vidas simultáneas de media docena de mujeres de clase media a las que la existencia en esta mediocre y burguesa población cercana a Londres cubre de una pátina uniforme de mediocridad, unánime apocamiento vital, idéntica desazón sin un motivo demasiado preciso.

Toda la narración sucede en un solo día lluvioso y alterna las historias y sus personajes en capítulos sucesivos. Nada extraordinario interrumpe la cotidianidad plana de las protagonistas de Cusk, mujeres maduras cuyo matrimonio aún funciona pero empieza a derivar en inercia, cuyos hijos ya no son la alegría primera porque exigen sacrificio, cuyos desempeños laborales carecen de brillo social o satisfacción personal. Levantarse, llevar a los niños al colegio, ir a trabajar, quedar con amigas para ir de compras, cenar con una pareja afín… son las acciones que sirven a la narradora para aplicar su foco introspectivo y con lentes de aumento en las almas cansadas y cansinas de las mujeres de Arlington Park. El estilo indirecto libre complementa a cada paso el microscópico registro de desarrollos psicológicos, estados anímicos despertados por el clima, la visión de un niño corriendo o los pliegues de la ropa de un marido.

Todo lo cual constituye una escritura absolutamente femenina que sería más valiosa si no adoleciese de dos defectos, a mi juicio. Primero, la imprecisión. Aunque sea lo posmodernamente correcto exhibir tristeza literaria a todas horas, la impresión se desvirtúa si no se vincula a un causa justificada. Los personajes no deben confundirse con la lluvia, deben poseer una personalidad propia, por negativa que sea. Una novela psicologista debe modular el discurso en función de los distintos momentos de sus personajes y ambientes, exactamente como logran hacer Henry James y Virginia Woolf. Si no hay distinción, no hay modulación y todo es compacto e inmatizado, porque los grises también pueden ser uniformes. El precio es que concluyamos que tanta prosopopeya lúgubre es mero egoísmo feminista, tan consabido. En segundo lugar, el estilo tampoco ofrece la riqueza expresiva necesaria para un experimento tan ambicioso, y cae en la repetición.

Es justo reconocer, sin embargo, el esfuerzo compositivo verdaderamente notable que sustenta trama tan anodina, el fresco perfectamente verosímil de las situaciones. Lo cual presupone una voluntad creativa hoy en desuso.

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