Aquí empieza nuestra historia

Alfaguara. Madrid (2009). 472 págs. 22 . Traducción: Mariano Antolín Rato.

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Tobias Wolff (Alabama, 1949) está considerado como uno de los grandes de la literatura norteamericana actual. Profesor de la Universidad de Stanford, es autor de varios libros biográficos –Vida de este chico y En el ejército del Faraón-, novelas -la última, Vieja escuela– y tres libros de relatos a los que debe especialmente su fama: Cazadores en la nieve (1981), De regreso al mundo (1985) y La noche en cuestión (1997), que lo sitúan entre los grandes cuentistas norteamericanos: Salinger, Cheever, O’Connor, Saroyan, Carver… A propósito de su último libro, La noche en cuestión, Joseluís González resumió acertadamente así su mundo narrativo: “Wolff quiere desentrañar los mecanismos de la casualidad y encontrar el orden secreto que entreteje las cosas”.

Aquí empieza nuestra historia reúne veintiún relatos ya recogidos en sus anteriores libros más otros diez que ha ido publicando después en revistas y periódicos literarios. Suele adscribirse a Tobias Wolff en la órbita de la corriente del realismo sucio; sin embargo, como él mismo opina, aunque tuvo una relación de amistad con sus más destacada figura, Raymond Carver, y se siente en sintonía estética con Richard Ford, sus relatos están más en la línea de sus principales influencias literarias: Ernest Hemingway, Robert Frost y Jack Kerouac.

El cuento es la forma norteamericana perfecta”, opina Wolff. Él escribe de situaciones reales, cotidianas, de personajes tomados de la vida misma. En sus tramas, sitúa a estos personajes en un momento significativo de sus vidas, momento que define lo que son y a lo que aspiran. Wolff escribe sobre la vida matrimonial, las relaciones entre padres e hijos y hermanos, el mundo universitario, la vida militar… Hay una cierta tendencia a mostrar momentos de duda o aspectos amargos de la vida.

De lo que se trata en definitiva es de “comprender vidas ajenas” con la literatura, desentrañar las cotidianas complejidades de muchas vidas anónimas. Por eso, muchos de sus cuentos son meras escenas costumbristas, con un final abierto que ejemplifica que lo que está contando no requiere de ningún desenlace, pues a continuación la vida sigue su curso normal. Sin embargo, ese momento especial que el narrador selecciona le sirve para rastrear ese “orden secreto que entreteje las cosas”, sabiendo que, en su caso, resulta difícil encontrar una única respuesta.