Aleph

Planeta.
Barcelona (2011).
264 págs.
18 €.
Traducción: Ana Belén Costas.

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Más que novelas, los libros del brasileño Paulo Coelho (Río de Janeiro, 1947), consejero de la UNESCO para el diálogo espiritual e intelectual, pertenecen al género de autoayuda. Y no sólo por su estructura e intenciones: la actitud con la que leen sus libros sus millones de lectores en todo el mundo (sus obras se han traducido a más de 60 idiomas y se han publicado en más de 150 países) poco tiene que ver con la del lector literario. En Coelho lo que importa es el mensaje, y el estilo, siempre sencillo y con veleidades espiritualistas y simbólicas, es el envoltorio, poético y simple, de las ideas que quiere transmitir.

Teniendo esto en cuenta, pocas sorpresas encontramos en su nuevo libro, Aleph. La fórmula elegida, como en otros de sus libros, es el relato alegórico en primera persona de un narrador que podemos identificar con el propio escritor brasileño. En esta ocasión, Aleph comienza con un momento de crisis del autor, quien no consigue avanzar en su camino espiritual cuando el mundo está sumergido también en una profunda crisis económica y política. “¿Y yo aquí –se pregunta–, intentando avanzar en una tradición espiritual cuyas raíces están en un pasado remoto, lejos de todos los desafíos del momento presente?”. Parece como si su vida hubiese entrado en una previsible y aburrida monotonía y necesitase un cambio: “Mi búsqueda de sabiduría, paz de espíritu y conciencia de las realidades visible e invisible se ha convertido en una rutina que ya no da resultado”. Con estas existenciales dudas acude a su maestro, quien le recomienda que haga un viaje largo para volver a sentir el peso del Universo mágico en su vida.

Coelho se embarca en una frenética campaña de promoción de sus libros que concluye con un viaje a Moscú que, a su vez, es el inicio de un viaje mucho más largo, pues para estar más cerca de sus lectores rusos, decide emprender la ruta del transiberiano, el tren que recorre Rusia de punta a punta hasta Vladivostok. Coelho intuye que ese agotador viaje es una oportunidad para recuperar la armonía perdida.

En Moscú, sin embargo, tiene algunos problemas pues en el hotel donde se hospeda se encuentra con una joven de origen turco, Hilal, que le dice que está allí para que se cumpla lo que tanto persigue. La joven viajará con Coelho y su comitiva –editores, traductores…– en una aventura que parece esconder sorpresas mágicas. Hilal y Coelho tienen varias experiencias espirituales conjuntas, como la contemplación del aleph, que Coelho explica de la siguiente manera: “Vas andando por una calle, o te sientas en un lugar determinado, y de repente el Universo entero está ahí. Lo primero que se nota son unas inmensas ganas de llorar, no de tristeza ni de alegría, sino de emoción”. La experiencia le permite a Coelho intuir el importante papel que Hilal desempeña en ese viaje.

Y es que Coelho, sin saberlo al principio, busca el perdón y la redención por sucesos ocurridos en sus anteriores reencarnaciones. “Todos tenemos –dice– una posibilidad de redención, pero para eso tenemos que encontrar a las personas a las que hicimos daño y pedirles perdón”. Hilal es una de ellas, la reencarnación de una joven a la que Coelho, en una anterior encarnación como dominico español de la Inquisición, condenó a la hoguera a finales del siglo XV. Los dos tienen que superar esta tremenda prueba a la vez que conviven con sus compañeros de viaje, atienden a sus compromisos promocionales y, también, viven algunas experiencias esotéricas, como el encuentro con un chamán en el lago Baikal. El resto de los compañeros no acaba de entender muy bien la estrecha relación que Coelho tiene con esa joven, virtuosa del violín y con un tremendo pasado de dolor a sus espaldas: “La luz del amor sale de mi alma, pero no puede seguir adelante: está bloqueada por el dolor”.

El viaje concluye con los objetivos previstos cumplidos y con la sorpresa final de que, ya de regreso a Moscú, el autor será recibido por el presidente Putin –la novela está ambientada en 2006–, gran lector de las obras del autor brasileño. “El viaje –concluye el libro– no fue para encontrar la frase que faltaba en mi vida, sino para volver a ser el rey de mi mundo”.

Si se lee a Coelho hay que estar dispuesto a encontrarse, cada dos o tres párrafos, con expresiones de este estilo: “Aquel que desee ver el arcoiris debe aprender a disfrutar de la lluvia”; “De vez en cuando necesitamos ser extranjeros de nosotros mismos. Y así la luz escondida en nuestra alma iluminará lo que ha de ser visto”. Los lectores tienen que asimilar también que los personajes se dirán cosas como la siguiente: “Esta mañana me desperté sabiendo que tengo que ayudarte a entrar otra vez en contacto con la energía del Universo”. Peor todavía, tendrá que soportar este tipo de declaraciones de amor: “Yo te amo como un río que empieza solitario y débil en una montaña, poco a poco va creciendo hasta que, a partir de un determinado momento, puede evitar cualquier obstáculo para llegar a donde desea”.

Y no sólo hay que aceptar este estilo, meloso y efectista –marca de la casa en el caso de Coelho–, sino también el constante tono de sermón con que engorda espiritualmente su mensaje. Todo es muy simple: un sincretismo en la órbita del New Age con un especial peso de la religión católica, de la que el autor brasileño se sirve para utilizar frases, sentencias, citas de las escrituras… Es un potaje multifilosófico y multirreligioso aliñado de esoterismo que sitúa al hombre en el centro del Universo.