Alabama Song

RBA. Barcelona (2009). 212 págs. 18 €. Traducción: María Teresa Gallego Urrutia.

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

El periodista francés Gilles Leroy (Bagneaux, 1958), con una vocación novelística tardía pero firme, en 2007 ganó con esta obra el Premio Goncourt, el galardón literario más prestigioso de Francia. Sin duda, Leroy sabe exactamente qué ingredientes culturales cotizan al alza en la corriente literaria de estos tiempos, y los explota resueltamente, aunque cabe reconocerle a Alabama Song un valor seguro, pues es una novela trabajada, muy bien modulada y bien escrita.

Se trata de hacer el relato de la vida frenética y a la postre trágica de la pareja Zelda Sayre-Francis Scott Fitzgerald, algo así como los Pitt y Jolie de la época, que terminaron peor que los Pete Doherty-Kate Moss. El punto de vista del hombre lo conocemos a través de sus novelas, que se nutren de la autobiografía más fidedigna. Leroy repara en que nadie ha contado la historia desde el punto de vista de Zelda, una miss Alabama de belleza legendaria, entroncada con la mejor aristocracia local y de un vitalismo provocador, que la lleva a casarse con la joven promesa literaria sin el consentimiento de sus padres y a embarcarse con su esposo en una vida de divismo escandaloso y disoluto en los felices años veinte, la era del jazz y el dorado Hollywood.

Vivieron a todo tren primero en Nueva York y luego en París, mientras duró la fama y el caché novelístico del autor de El gran Gatsby. Como se sabe, él murió alcoholizado a los 44 años y ella le siguió siete años después, en el incendio del psiquiátrico de Asheville (Carolina del Norte), una de esas instituciones en las que pasó el último tercio de su vida.

La narración avanza en primera persona, alternando el tiempo de la brillantez social (principios de los 20) con el de la decrépita reclusión en el manicomio (principios de los 40), bajo el certero formato de una confesión evocadora de Zelda ante su psiquiatra. Esa acta de autoanálisis para el loquero es la novela, cuyo mayor mérito radica en el esfuerzo de fabulación verosímil que hace Leroy para rellenar con detalles cotidianos imaginados y efusiones sentimentales creíbles los espacios que no cubre el esquema estrictamente biográfico, bien articulado.

Pero decíamos lo de los ingredientes culturales idóneos porque, al tomar partido el autor por Zelda, incurre en una serie de tópicos previsibles un tanto decepcionantes: la consunción de Zelda se toma como martirio precursor de la emancipación de la mujer, como un grito de libertad y rebelión sensual ante la rancia educación puritana primero, y el fracaso como amante de Scott después. Zelda es la buena de la película porque su marido la vampirizó: Leroy se abona a la tesis de un Scott celoso y machista, que le robaba incluso los manuscritos a ella para hacerlos pasar por suyos, lo cual suena a aquello de que Shakespeare era una mujer.

Ella sólo ha pretendido en esta vida volar, bailar y ser feliz, pero su marido no la dejó, el mundo no la comprendió. La carga de explicitud sexual casa muy bien con estos presupuestos, y redondea el texto para el Goncourt. Pero la novela hubiera ganado mucho más si la voz de Zelda reservara, junto a la belleza cierta de su anacreóntica, algunos momentos al hondo arrepentimiento, que es tan humano como el placer.