Agua viva

TÍTULO ORIGINALÁgua viva

GÉNERO

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Siruela (2004). Madrid. 104 págs. 13,50 €. Traducción: Elena Losada.

Deslumbrante experimento de una de las más grandes autoras de las letras brasileñas, Clarice Lispector (1920-1977), que nació en Ucrania pero emigró siendo niña a Brasil, donde permanecería hasta su muerte. Sus cuentos y novelas son muestras de una rara sensibilidad que indaga en la esencia de lo humano a través de una prosa de singular plasticidad, repleta de imágenes poéticas y originales hallazgos expresivos.

Agua viva es una ambiciosa mezcla de carta amorosa, autobiografía, prosa poética y ensayo filosófico-lingüístico. El texto, de apenas cien páginas, se construye bajo los dictados de la improvisación, semejante a una pieza de jazz. Pero no se trata de una improvisación desnortada, sino de un desahogo emocional y un riguroso autoanálisis (antropológico, metafísico, lingüístico) cuyo tenue hilo conductor apunta a la búsqueda de una verdad poética sobre el hombre y su proyección en el lenguaje que, como la pintura abstracta o la música, evoque los “reinos incomunicables del espíritu, donde el sueño se convierte en pensamiento, donde el trazo se convierte en existencia”.

Unas palabras de Lispector ayudan a concretar lo que a primera vista parecería un delirio de escritura automática a la manera del más arbitrario ejercicio vanguardístico: “No estoy jugando con las palabras. Me encarno en las frases voluptuosas e ininteligibles que se enmarañan más allá de las palabras. Y un silencio emana sutil del entrechocar de las frases”; “Pero ¿qué mal hay, sin embargo, en que yo me aparte de la lógica? Estoy tratando con la materia prima. Estoy detrás de lo que queda detrás del pensamiento. Es inútil querer clasificarme”.

La narradora escribe a su amado y se desdobla en un yo objetivo analizable. Retrocede a las realidades anteriores a la palabra para volver a fundarlas con un lenguaje poético-simbólico, como tratando de que cada frase se desvincule de su sentido convencional para aludir a los abismos inefables de lo humano, mezcla de razón e instinto, y quiere aprehenderlos en el estricto (e imposible) presente, como una autobiografía segundo a segundo. Para acometer semejante empresa semántica, Lispector se sirve de todos los resortes literarios posibles, sabedora de que la más noble de las condiciones que ostenta la literatura es la de reflejar la vida en su totalidad, y esa totalidad incluye lo ilógico siempre que se pueda expresar. En ese límite se mueve esta obra, entre la contención necesaria para que los lectores la entiendan y el salto trascendental (Dios es una referencia constante, como ente irracionalizable que sustenta todo). Al final, Lispector reivindica la alegría “porque es demasiado cruel saber que la vida es única y que no tenemos como garantía más que la fe en tinieblas”.

Jorge Bustos Táuler