Abril quebrado

Muchnik.

Barcelona (1990).

200 págs.

2.100 ptas.

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Ismail Kadaré nació en el sur de Albania en 1936. Estudió filología en Tirana y después en Moscú, hasta que la ruptura de su país con los rusos le obligó a regresar a su patria. Desde entonces, se dedica a escribir novelas, a través de las cuales el mundo puede conocer algo de una tierra que ha permanecido largo tiempo aislada e ignorada. Hace unos meses Kadaré se exilió de Albania.

Abril quebrado se desarrolla en los tiempos de Zogú I, que reinó entre 1928 y 1939. Un joven escritor, acompañado por la mujer con la que acaba de casarse, recorre en coche de caballos las montañas del norte de Albania, la región más atrasada y pobre del país. Su interés se centra en conocer a fondo el espíritu del Kanum, la ley ancestral por la que se rigen los habitantes de aquellos pueblos. En una posada, la pareja se cruza accidentalmente con un joven campesino que lleva en su ropa el distintivo de haber matado a alguien para lavar la sangre de un familiar, tal como prescribe el derecho consuetudinario. Según el Kanum, tras unos días de tregua oficial, el vengador debe huir, tratando de evitar la venganza de los parientes de la víctima, obligados a matarlo también en cumplimiento de la ley. Los recorridos de unos y otro, paralelos pero muy distintos en cuanto a medios y finalidad, constituyen el eje de la acción, polarizada entre la curiosidad del escritor y la trágica suerte que pesa sobre el campesino.

Kadaré, por su edad, no pudo conocer la época sobre la que escribe. En consecuencia, esta recreación no tiene intención testimonial, sino que responde al deseo del autor de profundizar en el presente a través del análisis retrospectivo de los elementos que lo han conformado.

Los protagonistas están muy bien perfilados en sus rasgos psicológicos y en sus contrastadas formas de pensar y actuar. Lo mismo ocurre con las detalladas referencias costumbristas, hechas con una sobriedad que desmiente cualquier sospecha de explotación folklórica. El estilo, muy expresivo y lleno de matices poéticos, se adapta con brillante flexibilidad tanto a las descripciones de paisajes, bellas y escuetas, como a los diálogos, de una intensa carga dramática.

El lector, tras disfrutar con una novela grata y relativamente fácil, se queda con la impresión de un mundo de violencia y primitivismo ante el que sólo cabe -según Kadaré- la aceptación resignada y fatalista. El autor parece indicar que unas estructuras sociales volcadas hacia la muerte son insostenibles y absurdas, pues conducen a la ruina y la desesperanza. Pero no pretende inducir a cambios ni propone soluciones: se limita a manifestar el dolor que ese rígido poder causa a quienes están sometidos a él.

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