1688. La primera revolución moderna

Acantilado.

Barcelona (2013).

1.215 págs.

49 €.

Traducción: Agustina Luengo.

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Una versión de esta reseña se publicó en el servicio impreso 91/13

Es cierto que, como sugiere Steve Pincus, la historia inglesa parece haberse desarrollado de una manera pacífica, equilibrada y pragmática, frente a la excentricidad revolucionaria del continente. Sin embargo, un análisis más detallado de los hechos demuestra que la Revolución Gloriosa de 1688 fue, como indica el autor, la primera revolución moderna y, por tanto, fue tan violenta, popular y disgregadora como las posteriores.

Pincus, profesor de historia en la Universidad de Yale, ha escrito un voluminoso ensayo de historia interpretativa para justificar sus tesis con datos y testimonios de la época y enfrentarse a la historiografía que idealiza el carácter pacífico del pasado inglés o que devalúa la relevancia de la revolución. Se trató, según el autor, de una lucha cruenta entre un modelo de Estado moderno pero absolutista y centralizado y otro que defendía la libertad civil más allá de los derechos de la corona.

Jacobo II, católico, fue bien recibido incluso por los disidentes, pero sus reformas –fortaleció el ejército, limitó los poderes locales, intentó depurar el parlamento y promovió la centralización, aumentando el poder real– le apartaron del apoyo popular. Su modelo era el absolutismo galicano de Luis XIV, enfrentado al Papa y con pretensiones expansionistas. Para Pincus, Jacobo II intentó “catolizar” Inglaterra, pero deja claro que su intención fue política.

Lo que hizo insostenible el reinado de Jacobo II fue su absolutismo, que amenazaba la especificidad de la política inglesa –como lo hicieron antes otros monarcas–. De ahí que la llegada de Guillermo de Orange se viera en el pueblo, descontento con el rey, con esperanza. Pero si se sabía bien lo que no se quería, no había unanimidad respecto a la política más deseada. Para unos, los whigs, cuya visión predominaría mucho tiempo aún, había que sustituir el modelo absolutista por otro que protegiera la libertad de los individuos; para otros, los tories, bastaba con eliminar a Jacobo y, sobre todo, su catolicismo.

Pincus repite hasta la saciedad su peculiar –y novedosa– interpretación de los acontecimientos. Incluso en ocasiones puede resultar excesivo en el uso de las fuentes y en su insistencia por alejarse de las visiones más tradicionales. Pero desvela un problema teórico de fondo de enorme relevancia para la ciencia histórica: las dificultades y los disensos a la hora de interpretar acontecimientos del pasado.

Pincus deja claro que no importaba tanto la religión como las libertades individuales y reitera que el catolicismo de Jacobo no representaba la doctrina institucional. Repasa incluso el odio anticatólico de la Revolución. Pero no es equilibrado al valorar el papel del catolicismo de Jacobo II (la integración de los católicos en la vida pública, por ejemplo, frente a la discriminación que sufrían) y al omitir, por ejemplo, los límites de la tan predicada tolerancia religiosa de los whigs, frecuentemente hostil al catolicismo.

En cualquier caso, con independencia de ciertas salvedades, se trata de un libro importante y a tener en cuenta para quien se quiera adentrar en la famosa y también turbulenta historia inglesa.

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