Tiro en la cabeza

Guión: Jaime Rosales. Intérpretes: Ion Arretxe, Iñigo Royo, Jaione Otxoa, Ana Vila, Asun Arretxe. 85 min. Adultos. (VS)

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Tiro en la cabeza es, a mi juicio, discutible como película y sensacional como propuesta narrativa y estética. Me parece innegable que Rosales fuerza demasiado al obligar al espectador a observar durante casi hora y media a un terrorista etarra antes de un atentado, en medio de un atroz silencio y con la única ayuda de unos magistrales encuadres. Entiendo que la falta de acción pese y que se echen de menos los diálogos, especialmente en un realizador que escribió el año pasado en La soledad las líneas más verosímiles del cine español en mucho tiempo. Entiendo que Tiro en la cabeza no llene las salas, que no se emita en televisión y se vaya a poder ver en el museo de arte contemporáneo Reina Sofía porque Tiro en la cabeza es algo diferente a una película, y cuando se funde en negro el último fotograma y uno se pregunta -y pregunta al director- entiende que, como propuesta cinematográfica y artística, está ante un pequeño monumento.

El crimen de Capbreton golpeó a Rosales de forma especial porque reflejaba toda la sinrazón del terrorismo y, ante este hecho, él hace una propuesta filosófica y artística (no política): observar al “monstruo” desde lejos, cuando no parece monstruo, cuando es un ser humano, tan humano como el espectador que le espía, cuando está con su familia, sus amigos o su amante.

Rosales mantiene siempre la distancia, no cede la palabra al terrorista, pero lo observa, lo sigue y lo encuadra de una manera y de otra. Luego llega el atentado, precedido de una escena hipnótica en el que el espectador encuentra a otra persona que también observa y que acabará con un tiro en la cabeza. Y a partir de ese momento, la vida del protagonista cambia: es la vida del monstruo. Y cambia el ritmo y se acelera el montaje y ya no importa tanto el encuadre porque ha salido el asesino.

Pienso que la película de Rosales no es ambigua pero es exigente, tanto desde el punto de vista del espectáculo como del mensaje. Exige pararse a mirar para tratar de entender, para perdonar, para cambiar, para ser consciente del infierno que rodea a la violencia. Y exige mirar a ambos lados de la pistola y lo exige con un formato tan arriesgado como eficaz para el fin que persigue; obligando al espectador a mirar, a tratar de captar alguna frase, a esperar, a pensar… en la propuesta de Rosales para acabar con el terrorismo o en la suya propia.

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