Se tiene que morir mucha gente, la serie creada por Victoria Martín a partir de su novela, utiliza una mezcla de humor negro, caricatura y provocación para retratar a un grupo de amigas treintañeras atrapadas entre las expectativas con las que crecieron y la realidad con la que se han encontrado.
El gran acierto radica en captartar una sensación generacional reconocible: la decepción. Sus personajes parecen odiar el mundo, pero en realidad están frustrados consigo mismos. Victoria Martín aprovecha la trama para reirse de todo. Se ríe de los ricos, de los pijos, de ciertos ambientes católicos, de los discursos progresistas de moda, del narcisismo que esconde la cultura terapéutica y de sus propias protagonistas. Nadie sale indemne, pero hay más provocación que verdadero riesgo. Y más sonrisa que carcajada genuina. Y aunque consigue no pontificar o convertir la serie en una denuncia moralizante, al final lo que queda es un desconcierto de hacia donde se quiere llegar más allá de la crítica descarnada y del estereotipo caricaturizado.
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Uno de los recursos más llamativos es el personaje interpretado por Sofía Otero. La idea es buena: convertir al clásico Pepito Grillo en una niña con cara de ángel y uniforme de colegio privado que no representa la conciencia moral, sino la voz de la autoestima herida que atormenta al personaje de Anna Castillo. Funciona muy bien en los primeros episodios, aunque acaba perdiendo fuerza por repetición.
Formalmente, el resultado es irregular. Hay diálogos más brillantes junto a escenas que parecen confiar demasiado en el golpe de efecto. En ocasiones el humor resulta tan soez que, si los guiones estuvieran firmados por un hombre, probablemente muchos espectadores los considerarían propios de un heterobásico.
Es una serie excesiva e irregular y acaba siendo previsible. Pero también una de las pocas producciones recientes que ha sabido retratar el desencanto de toda una generación sin sentimentalismo. Y lo hace desde una mirada muy millenial: con la ironía un poco cínica del que se ríe de todo aquello que cree que no puede cambiar. Aunque la serie no llegue a puerto, sí se puede afirmar que Victoria Martín tiene voz propia.