El infierno está empedrado de buenas intenciones. Y el cine también. Porque sin duda es una buena intención reflejar los desmanes de una institución que, en pleno franquismo, se reorganizó (se había fundado antes) para “velar por la moralidad pública y muy especialmente por la de la mujer” y que estuvo más o menos en activo hasta 1985. Daniel Monzón (Celda 211) parte fundamentalmente de la investigación de Consuelo García Cid, para documentar cómo era la vida en el llamado Patronato de Protección a la Mujer. Y ya adelanto que, según lo que se nos cuenta, era horrible.
El problema de Ruega por nosotras es que esa buena intención y ese compromiso para no repetir lo peor de nuestra historia se construyen a partir de las peores decisiones que se pueden tomar al hacer una película. Desde los primeros minutos y hasta final (135 interminables minutos después) la historia se plantea como una casa de los horrores donde no hay ningún espacio para el contexto, para el matiz ni para la complejidad. No cabe la reflexión, ni la indagación de lo incomprensible, ni el análisis que discrimine la institución de las personas, lo que era social o histórico de lo ideológico. Todo esto, que hubiera podido enriquecer la denuncia, brilla por su ausencia.
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Por el contrario, los conflictos y los personajes se dibujan a brochazo limpio con el único objetivo de aterrar al espectador. Todo es una suma de estereotipos: las monjas son brujas, menos una que la salvamos por joven y rebelde (¿les suena?); los padres, imbéciles; las madres, timoratas; las autoridades, crueles; la policía, hipócrita; y así hasta el infinito, o hasta las jóvenes inocentes e indefensas. Con semejante festival de tópicos es casi imposible construir una narración medianamente coherente, y mucho menos una denuncia convincente. El guion va avanzando a golpe de “más horrible todavía” hasta desembocar en el tramo final en una cinta de terror que, paradójicamente, en el pase al que asistí, en el Festival de San Sebastián, terminó provocando las risas de muchos espectadores no por falta de indignación sino por acumulación de golpes de efecto. Y eso, la risa, la sensación de irrealidad, de artificio, es probablemente lo más alejado a la intención del director. Que era buena. Pero que ha despeñado a su criatura al infierno de las películas fallidas.