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Director: Dan Algrant. Guión: Jon Robin Baitz. Intérpretes: Al Pacino, Kim Basinger, Ryan O’Neal, Téa Leoni, Richard Schiff, Robert Klein. 90 min. Jóvenes-adultos.

Al Pacino encarna esta vez a Eli Wurman, un publicista de Nueva York que ha conocido días mejores y que lucha desesperadamente por mantenerse a flote. En la actualidad sólo le queda un cliente, el actor Cary Launer (Ryan O’Neal), que piensa dedicarse a la política, y cuya imagen debe cuidar, por más que éste se empeñe en ensuciarla. La película se centra en 24 horas en la vida de Wurman: las que faltan para una gala benéfica que ha organizado, con todas sus angustias y todos sus problemas para llenarla de famosos y convertirla en un gran acontecimiento de la ciudad. La causa lo merece y su amor propio le exige demostrar que todavía está a la altura de los mejores. Vemos a un Wurman agotado trabajando contra reloj, manteniéndose a base de tabaco, café y un terrorífico cóctel de medicinas. En ésas, aparece Launer con un problema: su última aventura, Jilli (Téa Leoni), una conocida actriz, está en la cárcel. Wurman debe ser discreto, pagar la fianza y llevar a la mujer al aeropuerto. Jilli es asesinada en el hotel, con Wurman en el cuarto de baño, tan atontado por los medicamentos que no ha visto nada ni le han visto. Wurman tiene la llave de un caso de corrupción política y financiera, y no sabe qué hacer.

Con un reparto excelente y un guión de Jon Robin Baitz, autor dramático de talento aunque poco conocido por estos lares, el conjunto era prometedor a pesar de que el director, Dan Algrant, sólo pueda presentarse como el autor de la lamentable Desnudos en Nueva York. A tenor de sus posibilidades, el resultado es discreto, aunque tiene sus elementos atractivos. En el haber se encuentra un guión poco original, pero lleno de nobleza; una historia en la que se denuncia la quimera del éxito, la publicidad y la corrupción, y se fomenta lo que de más noble y profundo hay en la persona. Para hilvanar esas ideas tenemos a un omnipresente Al Pacino, correcto durante una buena parte del metraje convencional de la película, y sobresaliente en cuanto tiene la oportunidad, como en los diálogos con su cuñada Victoria (Kim Basinger) o con su joven ayudante en su despacho.

No cabe duda -y esta es la parte negativa- de que esta historia ha sido pensada por un dramaturgo y que tendría más fuerza en un escenario. En la pantalla, además de unos buenos diálogos, se precisan otros recursos narrativos; y precisamente la trama más cinematográfica, el asesinato de Jilli, es la parte menos creíble. Con todo, se trata de una obra interesante, honrada, sin pretensiones y con más aciertos que fallos.

Fernando Gil-Delgado

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