Principio y fin

Director: Arturo Ripstein. Intérpretes: Ernesto La Guardia, Julieta Egurrola, Lucía Muñoz.

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Arturo Ripstein -nacido en 1943- ha realizado al menos media docena de películas. Sin embargo, sólo a partir de que Principio y fin obtuviera en 1993 la Concha de Oro del Festival de San Sebastián, está empezando a ser atendido por las grandes productoras: es inminente el estreno internacional de su nueva película, La reina de la noche.

Por familia y amistades se ha movido desde su infancia en los ambientes cinematográficos. Quizá esto explique en parte una de las grandes virtudes de su cine, la soltura y naturalidad con que narra la historia; larguísimos planos-secuencia permiten mantener y llevar en un vigoroso crescendo el dramatismo de las muy variadas situaciones, y permiten también a los actores componer sus personajes con una mayor riqueza de matices.

Principio y fin tiene detrás la novela homónima del escritor egipcio Naguib Mahfouz, premio Nobel de Literatura en l988. Arturo Ripstein y la guionista Paz Alicia Garciadiego han adaptado a México, con absoluta veracidad, lo que en la novela sucede en El Cairo. Tras la inesperada muerte del padre, la todavía joven madre viuda decide, de modo cerebral e impositivo, el trabajo o el estudio, y la vida, de sus cuatro hijos para hacer frente a la miseria. Su férrea actitud, que sus hijos secundan obsesivamente, es desbaratada de modo cruel por la fuerza de la libertad.

Se trata de un melodrama de casi tres horas con el vigor de una tragedia griega. No hay parlamentos ampulosos ni grandes gestos; todo es cotidiano, a veces vulgar, sórdido incluso, sobre todo cuando la mezquindad y debilidad humanas se expresan en la mentira y el egoísmo asesinos, cuando se corrompe o niega el amor y todo queda en sexualidad brutal: la historia afronta inhumanas y descarnadas situaciones. Pero el drama de esa familia que se deshace adquiere la terrible grandeza de la tragedia porque muestra su causa en la pugna entre el bien y el mal: la persona se destruye al actuar contra su propia conciencia o al pretender que viva sin libertad y sin afecto. Como en todas las tragedias, hay en ésta lugar para la desmesura. Si la prudencia imperara habría dolor asumido y fecundo, no habría tragedia ni muertes inútiles. La tragedia es así, o el hombre a veces.

Arturo Ripstein ha creado un ámbito de acción opresivo, que es como una prolongación del ánimo de sus personajes, revivido por auténticos actores, no estrellas, que borran el límite entre la realidad y la ficción. Y también su cámara, porque “no traiciona sus más íntimos principios”, retrata con plena autenticidad y magnífico arte las grandes verdades del alma humana.

Pedro Antonio Urbina