Un grupo de amigos y amigas treintañeros están haciendo constantemente balance de su vida, y surge la sensación de fracaso, de envidia. Salvo Marta, que parece vivir serena y confiada con la vida que le ha tocado. Prepara oposiciones, y viene una amiga, de las rabiosas, a estudiar a su casa, a su habitación (y este es un escenario).
Uno de los personajes cambia de casa y todos le ayudan a pintarla (y este es el otro escenario y no hay más), y comen juntos, y se despellejan con unos diálogos llenos de amargura y de crueldad, y naturalidad: magnífica la interpretación de todos, y la soltura de los diálogos. Es tanta la crueldad, que cabría pensar en una tragedia…
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Pero la vida de Marta da un giro, y todo cambia tanto, que la última parte parece una comedia. En ambas, eso sí, hay una negación -amarga y cínica- del amor, y una enloquecida y… ¿desesperada? carrera de cama en cama.
Lo cuentan y dicen muy bien, ¿pero no hay nadie que sepa, un poco siquiera, de la verdad de ser persona, y de la auténtica felicidad?
Pedro Antonio Urbina