Los espigadores y la espigadora

TÍTULO ORIGINAL Les glaneurs et la glaneuse

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Directora y guionista: Agnès Varda. País: Francia. 82 min. Jóvenes.

Godard creía que existían varias maneras cinematográficas: “como Jean Renoir y Robert Bresson, que hacían música” o “como Sergei Eisenstein, que pintaba”, o incluso “como Alain Resnais, que hacía escultura”.

En la línea del cineasta ruso, Los espigadores y la espigadora supone la recuperación del realismo pictórico del XIX, aplicado a las innumerables personas que utilizan lo que otros desprecian o arrojan a la basura, tanto en los campos como en las ciudades. Las creaciones de Jean-François Millet, Jules Breton o Léon L’Hermite influyen decisivamente en Agnès Varda (Bruselas, 1928), que ha decidido indagar sobre la vigencia del espigueo, de los recogedores y recolectores de algunos cuadros de estos pintores. Para ello se sirve de su trayectoria fotográfica (“yo soy fotógrafa y sigo siéndolo… es más bien una forma de ver”) y del amor por la pintura que le transmitió su marido, el fallecido cineasta Jacques Demy. Varda logra un estilo personal, al margen de convencionalismos, dibujando plano a plano una realidad marginal, donde los colores y las emociones palpitan ante su pequeña cámara digital, recolectora de imágenes que aúnan la realidad con la poesía.

No es nuevo el detenimiento de Varda en la contemplación del ser humano. En Cléo de 5 à 7 (1962), la reinterpretación del mundo desde la perspectiva de una mujer acechada por la muerte, se convertía en una reflexión sobre el sentido de la vida. En Los espigadores y la espigadora, la combativa personalidad de la directora se impone porque es ella misma la que siente la necesidad de gritar a una sociedad que no es capaz de ver. Como en las películas de Louis Delluc en los años 20, el impresionismo de Varda se acerca a las relaciones humanas marcadas por el egoísmo y la prevalencia de los esquemas materialistas y consumistas. Una realidad poco edulcorada en la que hay lugar para la sencilla y amable vitalidad de una simpática anciana que intercala recuerdos infantiles y pequeñas reflexiones en un guión muy inteligente.

Varda (“los documentales son una disciplina que nos enseña humildad”) se sorprende y encariña con lo que mira a través de la cámara, con una planificación “baziniana” que parece eludir el montaje. Las figuras de algunos lienzos del Museo d’Orsay adquieren vida para ponerse delante de la humilde e insignificante cámara doméstica de Varda y dialogar con la directora sobre el porqué del espigueo de la fruta después de la recolección, o del género desechado de un mercado urbano, o de los cachivaches abandonados a la puerta de las casas para que se los lleve el servicio municipal de recogida de muebles y trastos viejos.

Los descubrimientos, las sorpresas, los deseos y las preocupaciones de Varda se transfieren con soltura al espectador. No hay un ápice de pedantería o afán de protagonismo. Las historias fluyen de forma espontánea, descubriendo un mundo detenido y pensado.

En Los espigadores y la espigadora, Agnès Varda nos traslada lo mejor del espíritu de la Nouvelle Vague, un puñado de películas que inventaron una manera de mirar ajena al molde establecido. Vista por más de 100.000 franceses en tan solo dos semanas, este “documental de camino errante” -como lo define Varda- ha recibido premios en Montreal, Chicago, Los Ángeles y en los European Film Awards.

Laura G. Pousa

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