Kieslowski, defensor del hombre, buscador de la felicidad

El 13 de marzo se cumplieron diez años de la muerte del director polaco Krzysztof Kieslowski (Varsovia, 1941-1996). Con ese motivo, se ha estrenado en España la versión cinematográfica de "No matarás", uno de los episodios de "Decálogo", la célebre serie de telefilmes realizados por Kieslowski en 1988. Julio Rodríguez Chico, autor de una importante monografía ("Azul, Blanco, Rojo. Kieslowski en busca de la libertad y el amor") escribe sobre el director y sobre "No matarás", la película que recibio el premio especial del juardo del Festival de Cannes en 1988.

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Formado en la prestigiosa Escuela de Cine de Lodz, en sus inicios buscó acercarse a la realidad a través del documental social o del docudrama humano, preocupado por la falta de libertad y de bienestar de su Polonia natal. Pero su honestidad al no querer perjudicar a sus “intérpretes” con represalias políticas, y un perfeccionismo que le empujaban a buscar reflejar la autenticidad de la vida le llevaron a la ficción cinematográfica para extraer las gotas de verdad que aquélla encerraba.

Lo hizo primero con tramas de hondo calado existencial (“El azar” o “Sin fin” serían la antesala de la serie televisiva “Decálogo” y de sus dos versiones para el cine “No amarás” y “No matarás”), para más tarde beneficiarse de la acogida que Francia le dispensó y rodar “La doble vida de Verónica” y la mencionada trilogía “Tres colores”, ya de carácter más metafísico y abstracto.

Un enemigo del glamour fatuo

En toda su carrera, el director de “Azul” hizo gala de una honestidad y coherencia encomiables. Reflexivo, solitario y celoso de su vida privada, nunca se doblegó ante la industria ni ante lo políticamente correcto: marxismo y capitalismo recibieron por igual sus críticas por anular al individuo, como también se opuso a cualquiera que intentase dogmatizar suplantando a la persona concreta.

Poco amigo de festivales -aunque Cannes, Venecia y Berlín le otorgaron sus máximos galardones-, eludió cualquier frivolidad en su cine y fue enemigo del glamour fatuo: escogió el cine como medio para que cada espectador se hiciera preguntas sobre su vida y para que encontrase sus propias respuestas -lo entendía como un diálogo y una búsqueda personal-, para que cada uno se cuestionase aquello que cultura, ideología o medios de comunicación le imponían.

Pero Kieslowski no era un ácrata ni un hombre sin moral, sino un amante de la libertad y alguien que confiaba ciegamente en el hombre y en el poder del amor para hacer llevadera tanta negrura como vislumbraba a su alrededor. Su cine -como la vida- resulta a menudo paradójico y en cierta medida contradictorio, y se mueve siempre entre parámetros pesimistas oxigenados con algún rayo de esperanza, entre el escepticismo sufrido en su propia vida y el deseo de creer en algo, o partiendo de lo más material y sensible para elevarse a las sublimes alturas de lo poético y lo metafísico.

Trascendente pero muy pegado a la tierra

Aunque católico de formación, también se distanció de posturas eclesiales y renunció a soluciones trascendentes para los problemas planteados. Su cine es espiritual por sensible y humano, trascendente pero muy pegado a la tierra, de manera que vislumbra un sentido divino en la conciencia (fundamental en este sentido es Barcis, un personaje un tanto misterioso que aparece de cada capítulo de “Decálogo”) y en el camino vital de sus personajes. Preocupado por la carencia de sentido de la vida y la infelicidad que percibía en una Europa libre pero acomodada -a diferencia de su Polonia-, decidió escribir y rodar “Decálogo” para verificar la actualidad de esos mandamientos evangélicos en el día a día.

Del mismo modo, años después quiso cuestionar la vida construida sobre los principios del pensamiento posmoderno, asentado sobre unos frágiles pilares -libertad, igualdad y fraternidad en su sentido burgués-, para así desenmascarar la hipocresía y alienación de un individualismo que conducía a la soledad y la incomunicación, y de un tecnicismo que se trasformaba en deshumanización.

Interioridad y metáfora

Fiel a la tradición cinematográfica polaca, los objetos y signos cobran un sentido metafórico para hablar de realidades más trascendentes, el sonido y los silencios se convierten en factor esencial para adentrarse en el alma de los personajes -junto a las miradas y el gusto por los primeros planos-, y propiciar ese “cine de inquietud moral” polaco en que se inscribió.

No matarás

En “No matarás” la claridad de ideas y contundencia de Kieslowski es meridiana: Jacek es culpable del asesinato de un taxista, y ha sido condenado a muerte a pesar de la brillante defensa de Piotr, un joven abogado que aún cree en la justicia humana. En primer lugar, el director polaco se cuestiona que una institución humana pueda sustraer al individuo el derecho sobre su vida, para a continuación criticar un sistema judicial concebido para culpar y no para recuperar al condenado, señal de haber matado el espíritu de la ley con una letra escrita por mano de hombre.

La mirada de Kieslowski en cruda y sin edulcorantes, y su cámara recoge de manera minuciosa y parsimoniosa tanto el momento del asesinato como el de la ejecución: el paralelismo entre ambas escenas es sintomático sobre la similitud y ensañamiento de ambos procesos inhumanos e inmisericordes, y desciende hasta unos pormenores escalofriantes que penetran e hielan el alma del espectador.

No podemos hablar, sin embargo, de morbosidad sino un hiperrealismo que pretende empujar a la reflexión ante semejante atropello: aquí las imágenes y los silencios sirven de contrapunto eficaz a una narrativa más discursiva en las escenas en que Piotr intenta en vano esgrimir ante el juez argumentos sobre la verdadera función de la ley y la ausencia de valores humanos en una sociedad desorientada. Caminos distintos para un alegato contra la pena capital, más próximo a Lars von Trier (“Bailar en la oscuridad”) que a Tim Robbins (“Pena de muerte”), pero igualmente impactante y sobrecogedor.

Pero Kieslowski quiere adentrarse en el individuo y no se contenta con esa denuncia “política”. Como en el resto de sus películas, busca comprender a sus personajes para ayudarle “in radice”: por eso, una fotografía y unos recuerdos nos van desvelando el sentido de culpabilidad que el joven Jacek arrastra y la carencia de afecto desde su infancia; en realidad, encerrado en sí mismo desde hace tiempo y muerto interiormente, deambula por las calles y ni él mismo se explica cómo ha sido capaz de matar gratuitamente; no es más que una marioneta sin libertad ni atadura a la tierra. Con idéntica falta de sentido vital y solidaridad nos es presentado el taxista, agresivo y violento, y que ha enterrado el amor entre el vicio. Son individuos indefensos en una sociedad narcotizada moralmente e hipócrita en su actuar, envejecida prematuramente, como un Piotr idealista que camina hacia el escepticismo y con quien el director llega a identificarse en muchos de sus planteamientos. La dura y mortecina fotografía de Idziak que se sirve de filtros de tonos sepia, y la partitura de Preisner -habitual colaborador junto al guionista Piesiewicz desde “Sin fin”- refuerzan una ambientación de una sociedad podrida y en descomposición.

Julio Rodríguez Chico

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares