Scott y Teresa se enamoran de un flechazo. Tres citas, un embarazo y la decisión de formar una familia vienen prácticamente uno detrás de otro. Lo que no esperan es que su hijo Austin nazca con una rara enfermedad que vuelve sus huesos extremadamente frágiles, y que más adelante será diagnosticado también de autismo.
Jon Gunn (La casa de David, El caso de Cristo) escribe y dirige una película que no idealiza al padre, un hombre lleno de debilidades que tendrá que enfrentarse también a sus problemas con el alcohol, pero muestra con acierto el efecto que Austin tiene sobre quienes viven con él.
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El problema es que la película quiera abarcar demasiado. Gunn quiere recoger prácticamente todos los episodios y dimensiones de esta historia familiar y el relato acaba fragmentándose. La comparación con Wonder resulta inevitable, pero aquella película sabía concentrarse mucho mejor en sus personajes y conflictos. Aquí hay sinceridad, buenos sentimientos y un optimismo contagioso, pero falta profundidad y un foco más delimitado.
También contribuye a ello una puesta en escena excesivamente empeñada en provocar la emoción. Frente a ello, Jacob Laval realiza un excelente trabajo como Austin, un personaje que se gana enseguida al espectador. En su manera de mirar el mundo está lo más valioso de la película. Hay ahí algo de aquella intuición de Saint-Exupéry en El principito: algunas cosas esenciales se entienden mejor cuando aprendemos de nuevo a mirarlas con ojos de niño.
Jaume Figa Vaello
@jaumefv