Hurlyburly (Descontrol)

TÍTULO ORIGINAL Hurlyburly

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Director: Anthony Drazan. Guión: David Rabe. Intérpretes: Sean Penn, Kevin Spacey, Robin Wright Penn, Chazz Palminteri, Gary Shandling, Anna Paquin, Meg Ryan. 123 min. Adultos.

Hay detrás, y delante -no se oculta-, una tremenda obra de teatro. Su autor, David Rabe, lo es también del guión. Para el director, Anthony Drazan, es ésta su tercera película; y la realiza con rotunda solidez, sin un segundo inútil, centrada en los actores (es una obra de personajes, no de acción), con los subrayados del acercamiento de la cámara a cada uno de ellos. Especialmente a Eddie (Sean Penn) que, por el texto y por una soberbia actuación, se convierte en el eje del drama, el catalizador, quien marca el ritmo y mueve a los demás.

En el lujoso apartamento que comparten Eddie, Mickey (Kevin Spacey) y Artie (Gary Shandling) -un mundo de hombres solos-, Eddie recrimina a Mickey que le está quitando a su chica, Darlene (Robin Wright Penn), e inicia una vertiginosa escalada de nerviosismo, que le domina, le obsesiona, y se excede porque la causa de su inquietud, profunda, es otra. Tanto, que no se calma aun si Mickey, cínico y frío desamorado, rompe formalmente con Darlene y reúne a la pareja.

Son hombres egoístas, crueles, angustiados, que intentan paliar su tortura interior -cada uno a su modo- con la droga, el alcohol… Son gente de cine y televisión, ejemplares de un más amplio y generalizado estrato social humano sin alma, bestias civilizadas con dinero. Phil (Chazz Palminteri), un animal patético en su idiotez y egolatría, completa el grupo de los cuatro desgraciados.

Pasan por sus vidas -en el tiempo de la trama- tres mujeres: una adolescente viciosa y perdida, Donna (Anna Paquin); Darlene, cínica y vacía, y Bonnie (Meg Ryan), una cualquiera complaciente y desesperada.

No es una película cómoda, todo lo contrario. Es un despiadado retrato interior, en su hiriente verdad, de unos despojos humanos… cotidianos, que nos pasan habitualmente inadvertidos. No es una película de acción, pero lo es de acción interior, de tormenta anímica: el largo grito desgarrador que mantiene Eddie, por su profundo descontento vital, desde su oscuridad, llega a vislumbrar la necesaria existencia de una luz (la Luz), de Alguien que se preocupe del hombre en su culpable desamparo, alguien deseoso de tender su mano hasta el hondo pozo oscuro, que se ha autoconstruido el hombre, en el que se ahoga.

Parece que ninguno de los otros le sigue en su búsqueda casi desesperada: no Darlene ni Mickey por su cínica negación del amor, no Artie con su máscara de constante broma, no Phil con su brutal y necia egolatría. Tal vez la pobre Bonnie, tal vez la desamparada Donna…, tal vez.

Una obra de teatro que se diría escrita para el cine. Un cine de grandes actuaciones, que desnudan el alma de una desesperación humana que pide a gritos, aun si la voz exterior lo niegue, ser ayudada.

Pedro Antonio Urbina