Max está a una infracción más de ingresar en un centro penitenciario juvenil. Su madre, Flora, ex drogadicta y encerrada en su propio egoísmo, busca como reconducir una relación marcada por la negligencia, el resentimiento y la incapacidad mutua para comunicarse.
La película tiene ya la clásica fórmula feel good de John Carney en la que la música funciona como tabla de salvación para unos personajes en necesidad de redención y de segundas oportunidades.
Aunque no alcanza el nivel de delicadeza de Once ni la frescura de Begin Again, Flora y su hijo Max conmueve y entretiene con unos personajes más arriesgados en su disfuncionalidad que en sus anteriores películas.
La crueldad en el lenguaje entre los personajes es algo caricaturesca, sobre todo comparado con el tono que pretende proponer la película . De hecho, algún dialogo es innecesariamente soez para resaltar la conflictividad del personaje, que ya ha quedado más que clara.
Las escenas entre madre e hijo son las que mejor funcionan, gracias a la excelente química entre una brillante Eve Hewson y un magnífico Orén Kinlan, que debuta en el largometraje componiendo a un adolescente contenido, herido y creíble, capaz de sostener emocionalmente la película incluso cuando el guion se apoya demasiado en lugares comunes.