El Valle Abraham

TÍTULO ORIGINAL Vale Abraão

DIRECCIÓN

GÉNEROS

Director: Manoel de Oliveira. Intérpretes: Leonor Silveira, Luis Miguel Cintra, Diego Doria.

La obra del portugués Manoel de Oliveira ocupa una página importante de la historia del cine. Nacido en 1908, realiza su primer largometraje -Douro, Faina Fluvial- en 1931. Una larga lista de valiosas películas le han situado, si no entre los populares, sí entre los más sólidos directores del cine mundial. Ha estado siempre al margen de la comercialidad, y ha mantenido un estilo muy personal, de auténtica creatividad, serena pero intransigente con las modas.

Esta película es una versión indirecta de Madame Bovary; directamente está basada en el libro de Agustina Bessa-Luis, peculiar y distinta biografía de la Emma Bovary de Flaubert, menos romántica y más real. Pero si el argumento y los hechos de los personajes tienen esa proveniencia realista, la dirección de Oliveira los desrealiza.

Huérfana de madre, Emma vive una adolescencia de aislamiento aristocrático, en soledad. No se siente inclinada ni al trabajo ni a la piedad. Desde una pasiva mediocridad ve pasar los años, y se casa sin amor con un viudo. Ni en el matrimonio ni con la maternidad sabe dar sentido a su vida. Prueba unas aventuras extramatrimoniales, cada vez más humillantes y sin sentido, y su vida acaba en una mediocridad aun más desesperada y vacía.

Oliveira hace gala de un escrupuloso cuidado por los detalles ambientales, por la música que refuerza el ánimo interior -Chopin, Debussy, Beethoven…-, bellísimos paisajes fotografiados con extrema perfección, largos planos fijos, la suavidad de sus constantes planos-secuencia, un lirismo aéreo, todo parece soñado, huidizo…, una magnífica voz en off que relata y distancia aun más. Y, sin embargo, el argumento y los hechos son, en su naturaleza, apasionados, fuertes. Pero Oliveira da con la cámara ese aire de lejanía, exige a los actores un comportamiento frío, casi hierático, como de estatua en un parque de invierno. Y así, hay una singular y casi rara separación entre lo que ocurre y cómo ocurre: como si la vida se viera obligada a fingir desgana.

Dirección, guión y diálogos, montaje… todo es de Oliveira. Tres horas de una altura artística notable. Sin embargo, ese modo de arte puede cansar, no por su duración sino por una cierta falta de unidad: por ese buscado desacuerdo entre la sangre y su palpitación, y también porque el resultado no parece tanto una obra cerrada sino magistrales capítulos sueltos, demasiado perfectos en sí mismos para querer formar conjunto con el todo y disolverse en la unidad.

Pedro Antonio Urbina

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