El pez gordo

TÍTULO ORIGINAL The Big Kahuna

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Director: John Swanbeck. Guión: Roger Rueff. Intérpretes: Kevin Spacey, Danny DeVito, Peter Facinelli, Paul Dowson. 87 min. Jóvenes-adultos.

Desde Muerte de un viajante, de Arthur Miller, el teatro contemporáneo ha dado al cine unos cuantos argumentos muy interesantes. Ahora hay que añadir a la lista El pez gordo, brillante adaptación de la obra semiautobiográfica Hospitality Suite, de Roger Rueff, cuyos planteamientos coinciden en gran medida con los de Glengarry Glen Ross, de David Mamet; Hurly Burly, de David Rabe, o La cena de los idiotas, del francés Francis Veber.

Al igual que estas tres obras teatrales llevadas al cine, El pez gordo disecciona los dramas íntimos de un grupo reducido de personajes. Esta vez son tres representantes de una empresa de lubricantes, encerrados en una suite de un hotel de Wichita. Dos de ellos son vendedores veteranos, traqueteados por la vida y bastante escépticos. Uno esconde su debilidad tras una careta de cínico triunfador; el otro ya se siente incapaz de disimular la frustración por su reciente divorcio y el consiguiente alejamiento de sus cuatro hijas. El tercer representante es un novato idealista, con fuertes convicciones religiosas y un elevado concepto de la fidelidad matrimonial. El objetivo de todos es arrancar un acuerdo comercial al presidente -el pez gordo- de la principal empresa del sector. Si no lo logran, podrían ser despedidos. Pero las circunstancias llevan a que los tres se descubran entre sí y acaben haciendo examen de conciencia sobre el sentido de sus propias vidas, que bien podrían ser las tres etapas de una sola.

Producida por Kevin Spacey y rodada en solo 16 días, la película era una apuesta arriesgada. De hecho, a muchos les pesará como una losa su carácter teatral, si se entiende por teatral el escenario casi único y la abundancia de diálogos, la mayoría densos. Pero, en realidad, con esas estrictas características también puede hacerse una magnífica película, si el director sabe traducirlas al lenguaje fílmico, usando con inteligencia la planificación -sobre todo el nada teatral primer plano- y el montaje.

Así lo ha hecho aquí el debutante John Swanbeck. Su cámara mima las portentosas interpretaciones de los tres actores y dosifica visualmente los magníficos diálogos. Dota así a la trama de una poderosa progresión dramática, a veces de cruda expresión realista, pero dominada en todo momento por un afán eficaz de calar en las humanísimas almas de los personajes. Unas almas atormentadas por el dilema de triunfar sin perder la propia dignidad, e inquietas por los grandes temas de siempre: el amor, la amistad, Dios, el trabajo, la competencia, el destino, la familia, la responsabilidad, la culpa, el arrepentimiento…

Lo mejor es que, sin dejar de constatar la perplejidad moral que padece tanta gente, esta vez se aportan unas excelentes instrucciones de buen uso de la vida, especialmente lúcidas respecto a la amistad -presentada, a lo C.S. Lewis, como “uno de los platos fuertes en el banquete de la vida”- y al arrepentimiento como fundamento de la auténtica personalidad.

Jerónimo José Martín

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