Director y guionista: Atom Egoyan. Intérpretes: Ian Holm, Sarah Polley, Bruce Greenwood, Tom McCamus, Arsinée Khanjian, Alberta Watson, Gabrielle Rose. 95 min. Adultos.
Este es el resumen esencial que Atom Egoyan hace de su obra: “Ante la tragedia, nuestra fortaleza y nuestra fe se ven sometidas a prueba. Esta es la historia de una joven (Nicole) que posee un gran valor. Se ve enfrentada a un hombre (el abogado Stephens) que tiene todas las respuestas, pero carece de las suficientes preguntas. Es una historia sobre cómo curar las profundas heridas del alma”.
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En un pueblecito canadiense, el autobús escolar sale de la carretera y se precipita en un lago helado: mueren todos los niños menos la joven monitora Nicole Burnell y la conductora del autobús. Los afligidos padres se iban resignando a la terrible pérdida, cuando llega de la gran ciudad un abogado, que les convence de que debe buscarse un responsable del accidente, y entablar un pleito…
Pero Atom Egoyan no lo cuenta así, y su narración fílmica -en la que destaca el montaje- es uno de los grandes logros artísticos actuales, junto con la hondura del mensaje. Parece como si el fatal recorrido del autobús escolar recorriera también la película a pequeños tramos, hasta el comienzo del desenlace. El guión va hacia adelante y hacia atrás en el tiempo del encuentro entre las familias y el abogado, que también arrastra su propia tragedia familiar.
Establece la centralidad en el abogado, que, en las visitas a las familias, da a conocer indirectamente sus miserias morales. Otra centralidad más profunda pertenece a Nicole, y el cuento del flautista de Hamelin, que acaba de contar a unos niños, cuento que se convierte en parábola de los recientes y trágicos hechos reales.
Las dos centralidades quedarán enfrentadas: la del abogado, con su dudosa justicia legal, y la justicia moral y aun sobrenatural que Nicole quiere para su comunidad, que, habiendo sufrido la pérdida de sus niños, como en Hamelin, sigue ciega para el Bien, sigue siendo -por sus miserias morales- incapaz de entrar en el Dulce Porvenir -The Sweet Hereafter-, el Mañana Feliz adonde se llevó el Flautista los niños de Hamelin.
La estructura del guión y del montaje son de una gran eficacia y fuerza de sugerencia. La misma fuerza tiene la fotografía, con su lenguaje de luces y sombras contrastadas, su voz de coloración trágica, anaranjada y oscura, y la réplica brillante, de espacios abiertos, luminosa y blanca, azul: son las imágenes visuales de las palabras, de los hechos que se viven. Y todo ello encarnado por un perfecto elenco de actores.
Una gran obra, en cuyo mérito entra de modo sobresaliente la novela de Russell Banks, base del guión, y del argumento y su sentido.
Pedro Antonio Urbina