El Callejón de los Milagros

Director: Jorge Fons.

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Intérpretes: Salma Hayek, Ernesto Gómez Cruz, María Rojo, Bruno Bichir, Juan Manuel Bernal.

Es la segunda vez en poco tiempo que el cine mexicano lleva a la pantalla una novela de Naguib Mahfuz. La anterior fue Principio y fin, de Arturo Ripstein; su hermano Alfredo produce ahora ésta. Ambas trasladan -de modo muy creíble- el ambiente social y humano de El Cairo a México D.F. y presentan la visión parcial de unas vidas humanas, centrada en barrios periféricos -un callejón-, desamparadas, y marcadas por una especie de ciego destino.

Hay en El Callejón de los Milagros humor y ternura; pero, sobre todo, quien está presente es Naguib Mahfuz: ese toque morboso, de regusto estético por la miseria y degradación humanas. En Ripstein se alcanzaban las grandes alturas de la tragedia griega; en Fons se bordea el melodrama costumbrista, pero la inteligente sobriedad del guión de Vicente Leñero y la matizada actuación de los actores evitan caer en el folletín televisivo: todo se mantiene dentro de una tesitura tragicómica, menos profunda, más amable, en la que, por tanto, quizá no fuera necesario un tan desgarrador desenlace. El aire teatral se hace especialmente presente en la torpe o mala resolución de las peleas y golpes.

No cabe en pocas líneas ni esbozar el argumento. Son tantas las historias entrecruzadas como los personajes: unos diez principales. Una estructura cíclica vuelve y vuelve a los dos escenarios principales -casi únicos, e interiores-, donde se reúnen o viven todos y, cada vez que se pasa por esos lugares se pone un acento distinto, que subraya la historia particular de uno de esos personajes.

Una bien resuelta película de dos horas y veinte minutos, que no pesa como relato -novela en imágenes-, pero sí deja un poso amargo la calidad de unas vidas aplastadas por la obsesión del sexo y el dinero sin apenas otro horizonte, así como un enrarecido y denso ambiente -creado más con palabras y sugerencias que con hechos- en el que el amor es aniquilado o apenas sobrevive con su tímida presencia doliente.

Pedro Antonio Urbina