Dejad de quererme

Guión: Eric Assous, François D’Epenoux y Jean Becker; basado en la novela de François D’Epenoux. Intérpretes: Albert Dupontel, Marie-Josée Croze, Pierre Vaneck, Alessandra Martines. 85 min. Jóvenes-adultos. (SD)

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La última película de Jean Becker (La fortuna de vivir, Conversaciones con mi jardinero) comienza con el estallido de Antoine (Albert Dupontel), un burgués modelo. La víspera de cumplir 42 años, Antoine lo tiene todo: es un publicista de éxito, copropietario de la agencia en la que trabaja; Cécile, su esposa, es una mujer encantadora, y sus dos hijos le adoran. Sin embargo, esa mañana no puede más y deja que se desborde toda la insatisfacción que lleva dentro. Ante las tediosas quejas de un cliente molesto, lo ridiculiza e insulta; después rompe con su socio; más adelante canta las cuarenta a su suegra, y se pelea con Cécile, que le acusa de mantener una relación con otra mujer. La cosa continúa al día siguiente, durante la celebración de su cumpleaños, lo quele lleva a romper con su mujer, hijos, amigos.

La primera impresión que produce esta historia, y es la misma que produce la novela en que se basa, es la de que Antoine sufre una crisis, la de los cuarenta años, cuando un hombre ha alcanzado una posición y se plantea qué ha hecho con su vida, o cualquier otra. Inicialmente sus quejas contra el cliente, la suegra y algunas de las cosas que dice a sus amigos, parecen el desahogo, siempre injusto, de un hombre cansado. ¿Quién no ha deseado alguna vez dejar de lado la educación y gritar cuatro verdades al mundo o a algún vecino cargante? El aburrimiento, la falta de sentido de todo, que él denuncia, refleja cruelmente el vacío de una sociedad sin trascendencia. Pero Antoine no se limita a dar un grito liberador, sino que desconcierta al mostrarse más hipócrita y egoísta que aquellos a los que ofende. Parece querer destruir la obra de su vida, y eso no cuadra con el personaje (excelente Dupontel en un papel difícil).

Tras Conversaciones con mi jardinero, Jean Becker continúa su exploración del alma humana y pregunta, una vez más, dónde está la felicidad y cuál es el sentido de la existencia. A diferencia de las dos películas mencionadas, Dejad de quererme está rodada con prisas, con la cámara al hombro, con estilo nervioso durante toda la primera parte, en la que predominan los interiores y la ciudad. En la segunda parte, de cuyo contenido no hay que hablar, vuelve la calma característica de este director, y predominan los exteriores. Culmina la película una canción de Serge Reggiani que el director considera, justamente, parte integrante del filme.

Dejad de quererme es una película interesante, tal vez demasiado esquemática, tal vez demasiado breve y lineal para las muchas preguntas que plantea, pero es buen cine, y deja que el espectador dé su propia respuesta a esas preguntas.