Contraté un asesino a sueldo

TÍTULO ORIGINAL I Hired a Contract Killer

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Director: Aki Kaurismäki. Intérpretes: Jean-Pierre Léaud, Margi Clarke, Kenneth Colley.

De la larga y variada filmografía del finlandés Aki Kaurismäki, quizá la película más conocida sea La chica de la fábrica de cerillas. Si en ésa y en anteriores películas el mundo de Kaurismäki se muestra frío y oscuro como su tierra natal, en Contraté un asesino a sueldo no ha entrado todavía la luz y el calor; se nombran, pero no se viven.

Quizá en buena parte lo dicho sea debido a la tremenda escasez de medios con que ha contado. Parece todo de una perpetua postguerra. Sin embargo tiene interés el lenguaje cinematográfico de este finlandés, esquemático, estilizado, lleno de aristas, casi cubista. La historia está basada en un relato literario y también, como confiesa el mismo director, en el lejano recuerdo del film Last Holyday, de Henry Cass.

Un francés, soltero y solitario, está en Londres desde hace quince años. Acaban de despedirle de su empleo y, falto de recursos morales, decide suicidarse. Por cobardía e impericia no puede. Contrata un asesino. En la tensa espera, conoce a una florista, que le anima a vivir; se enamoran. Ahora ya no quiere morir; pero no es posible hacérselo saber al asesino, que, al tiempo que le busca para matarle, corre un camino vital inverso…

De todos modos, no importa la historia, sino el modo de contarla; y el modo de hacerlo de Kaurismäki es tenebrista, como si se desangrara mientras ve moverse a sus personajes, tan aplastados por una impalpable y fatídica negrura, que apenas hablan.

Kaurismäki cita a Dreyer y a Melville para indicar la catadura de su película. Antes la he llamado cúbica y con aristas: los personajes no viven, no actúan, sólo pasan…, recitan en tono monocorde. No hay inflexiones ni pasión, dicen que se alegran, que sufren…, y todo parece un languidecer angustioso hacia la muerte bajo el pesado peso de la melancolía.

Tal vez Kaurismäki necesite para su personal lenguaje una historia plenamente suya, en la que lo nórdico cobre toda su connatural belleza y hondura.

Pedro Antonio Urbina